Sin identidad, la alargada sombra de Hitchcock

 

es un reputado biólogo que se ve envuelto en una intrincada trama de espionaje y terrorismo cuando tras sufrir un accidente sufre una amnesia temporal. El hombre normal que de repente se ve envuelto en una conspiración que le supera y el tema del falso culpable eran dos de los temas favoritos de , Con la muerte en los talones y El hombre que sabía demasiado son los mejores ejemplos. Y está bien que Sin identidad no intente disimular estos referentes. Además hay dos rubias misteriosas.

Lo que si está claro es que Jaume Collet-Serra no es Hitchcock. El director catalán no es más que un competente artesano, con más empeño que talento, de los que tampoco abundan en Hollywood. Pero que conste que esto no es para nada un desprecio. Sin identidad es una película muy entretenida, que se ve de un tirón siempre que no te pares a analizarla muy concienzudamente. Esto es lo que hace bien Collet-Serra, imprimir muy buen ritmo a la película para que no te dé tiempo a pensar en lo absurdo de todo lo que está pasando.

La contundente presencia de Neeson siempre ayuda. El irlandés encarna perfectamente a este hombre corriente superado por las circunstancias con el eficaz apoyo de un atractivo reparto con Diane Kruger, January Jones, Aidan Quinn, Bruno Ganz y . Si algo le podemos achacar a la película es no sacar el suficiente partido a un gélido Berlín donde se desarrolla toda la acción.

Un eficaz entretenimiento tan efectivo como olvidable que sitúa a Collet-Serra como el director español más taquillero de Hollywood. Habrá que seguirle la pista porque nunca se sabe, quizás, algún día, pase de ser un competente artesano. Y si se queda en eso tampoco pasa nada.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era “una del espacio”. Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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