Escape from tomorrow, pesadilla en el parque de atracciones

 

Al final el tema de que Escape from tomorrow esté rodada en Disneyland (Anaheim) y World (Orlando) sin permiso del gigante corporativo termina siendo lo de menos. Pero una cosa está clara: sin esa osadía esta película no hubiese tenido la publicidad gratuita de la que está gozando.

Escape from tomorrow recuerda a cierto cine indie de los 90 preocupado en una idea explosiva y un posterior desarrollo que no hace justicia a tan buena idea. En este caso estamos ante la historia de un señor que en una especie de crisis de los 40 ve como su visita al parque de atracciones le traerá más de un dolor de cabeza. El primerizo Randy Moore aprovecha los recovecos del famoso parque para insertar momentos alucinógenos que aunque hacen gracia las dos primeras veces terminan siendo algo repetitivos. Lo que sí termina siendo un acierto es despojar a Disneyworld de todo color, sumiéndolo en un siniestro blanco y negro (aunque intuyo que esto es más bien una decisión presupuestaria aprovechada artísticamente).

escape from tomorrow

Pero no estamos ante una película que se pueda tomar demasiado en serio. De hecho en ciertos momentos no sabemos si estamos ante una surrealista o ante un intento de drama lynchiano mal medido. Que el personaje principal pueda ser calificado como el peor padre del mundo, sobre todo en un entorno tan familiar como el del parque de atracciones, no hace sino añadir una mezcla de vergüenza ajena e hilaridad que hace que Escape from tomorrow se vea rápido.

Al final estamos ante una de esas películas con más ganas y empeño que verdadero talento a la que le hubiese venido mejor una duración algo menor (y eso que dura apenas 90 minutos). A pesar de lo dicho, Escape from tomorrow resulta un interesante ejemplo de aquello que comentaba hace poco ChemaAR sobre el cine low cost. Ya su mera existencia es señal de que aun se pueden contar cosas medianamente originales con cuatro duros y que al menos no duela demasiado verlas.

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Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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