El mensajero, papaito coraje de tercera

 

A ver, ¿qué podemos esperar de una película como que tiene como eslogan “¿Hasta donde llegarías para salvar a tu hijo?” si está protagonizada por Dwayne Johnson The Rock. Pues el que tío hará todo lo que haga falta y más. Mira que es tonta la pregunta. Si además nos pone nada más empezar que la película está basada en un hecho real pues acaba ya, es decir, todo va a ser de una rutina bestial.

El niño de hace el canelo con un paquete de pastillitas de la risa y lo meten en la cárcel. Le dicen que chivate a alguien o le caen 20 años de cárcel (o 10, no me enteré). El niño que tiene la moralidad de una roca (¿pilláis el chiste?) no quiere delatar a nadie, lo meten en la cárcel y le dan palos hasta en el cielo de la boca por tonto. Así que The Rock habla con que es una fiscal del distrito con ganas de medrar políticamente (como todos) y le propone que se infiltre en el cártel de los traficantes para que le ayude a detener al super malo. Y, claro, ¿que hace él?: Llegar hasta donde haga falta para salvar a su hijo.

El mensajero es la demostración más palpable de que los caudales de cine están cada vez más secos a la hora de ofrecernos historias serias que no nos traten como meros peleles de conciencia adormilada. Por poner un ejemplo, si miramos una ficción como Breaking Bad donde un padre debe adaptar sus códigos morales para llevar adelante una serie de problemas el resultado es abismal. Aquí, el personaje de es de una integridad ética y moral tan absurdamente correcta que llega a ser idiota. No hay dobleces, no hay dudas, no hay atisbos de decisiones discutibles.

crítica El Mensajero

Incluso el único personaje que podría dar un poco de juego a la hora de establecer una denuncia del sistema, que se supone que es la intención de la película, como es el de Susan Sarandon pasa de puntillas en su tejemaneje por usar al pobre diablo de padre desesperado. Al final, lo que podría haber sido un descenso a los infiernos por salvar a un hijo se queda en un bientencionado vehículo a mayor gloria de las limitadas dotes dramáticas de The Rock.

 

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era “una del espacio”. Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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