Promoción Fantasma, los ochenta son nuestros

 

A principios de año se estrenaba Promoción Fantasma con la idea de pegar fuerte en taquilla potenciando esa parte del que quiere construir una industria. Desafortunadamente el público no respondió aunque sí lo hizo un señor llamado que compró los derechos para hacer el remake americano. Y digo desafortunadamente porque nos encontramos probablemente con una de las mejores películas españolas del año.

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Un instituto a punto de cerrar, un profesor que ve fantasmas y cinco alumnos que murieron en una fiesta de los ochenta son los mimbres de esta divertida liderada por Raúl Arévalo. El joven actor es el contrapunto serio del resto del desmadre donde Carlos Areces y Joaquín Reyes se llevan la palma.

La trama bebe de las comedias ochenteras ideadas por donde el suceso fantástico revolucionaba la vida de los personajes, siendo La mujer explosiva el mejor ejemplo. Los tópicos de estas películas son usados de forma muy eficaz para resolver rápidamente muchos giros del guión que ya nos sabemos de memoria.

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Los continuos guiños a películas y personajes de los ochenta convierten a Promoción Fantasma en un feliz homenaje que afortunadamente no sólo funciona debido a su componente referencial. El humor va de lo chusco a lo ingenioso con una sorprendente facilidad con un ritmo muy bien llevado gracias a  un excelente guión y una eficaz puesta en escena.

En el apartado actoral es donde se encuentran las mayores pegas. Mientras que los secundarios interpretados por Sílvia Abril, Alexandra Jiménez y Luis Varela brillan a gran altura los personajes de los cinco fantasmas son los más flojos sólo destacando Javier Bódalo y su eternamente borracho Pinfloy.

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No es de extrañar que se haya fijado en Promoción Fantasma en la busca de ideas. Su humor es perfectamente exportable pero a su vez mantiene una esencia muy española. No como otras películas españolas que se esfuerzan por no parecer tales no sean que la gente diga que son una españolada.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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