Los juegos del hambre, entretenida distopía adolescente

 

Debo reconocer que iba a  con el colmillo afilado. Ninguno de sus trailers me había llamado la atención especialmente y su director, autor de la sobrevalorada Pleasentville y de la pastelosa Seabiscuit, tampoco me inspiraba demasiada confianza. A pesar de mis reticencias no puedo decir que Los juegos del hambre sea una mala película. A pesar de sus dos horas y veinte resulta muy entretenida y deja paso a algo que puede ser importante culturalmente.

No os voy a contar de qué va porque para eso está el trailer que, para mi gusto, da demasiada información y deja poco lugar a la sorpresa. El fichaje de es el principal acierto porque ella es la que le da a su personaje el carisma que necesita. En el fondo no deja de ser la típica adolescente descreída, insolente y un poco borde pero Lawrence tiene el suficiente magnetismo para compensar esto. El resto del reparto no deja de ser un plantel de secundarios de lujo que da a la película un empaque de gran producción de calidad.

El mayor fallo consiste en la puesta en escena de Ross que se empeña en dar personalidad a su realización moviendo mucho la cámara para que no veamos nada. Y no estoy hablando de las escenas de sino de cualquier secuencia de diálogo donde se pone a pegarle patadas a la cámara sin sentido. Esta decisión adquiere cierto sentido en la parte final en la que se desarrolla la cacería entre niños a la que da título la película: para no mostrar nada violento se opta por el mareo para escurrir el bulto. Llama la atención que con una premisa tan sangrienta la escasez de sangre sea tan patente.

A pesar de lo anteriormente comentado Los juegos del hambre no aburre en ningún momento logrando ampliamente el objetivo de entretener. Se agradece también el leve peso de la trama romántica que supongo que tendrá más peso en la segunda película que ya está en marcha y que barrerá las taquillas aun más que esta.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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