El atlas de las nubes, pretenciosa falta de riesgo

 

El atlas de las nubes pertenece a ese tipo de películas ambiciosas donde sus autores pretenden revolucionar el cine a la vez que darnos un mensaje importante que cambiará nuestras vidas. Ninguno de sus autores tiene una carrera digamos al uso: Los Wachowski revolucionaron la estética del cine de acción del siglo XXI, eso es innegable, con aquella mezcla de referencias y filosofía de baratillo que era Matrix. Por su parte, Tom Tykwer se erigió en su momento como la posmodernidad venida de Europa, con Corre Lola Corre, que tan mal ha aguantado el paso del tiempo.

Entre los tres han dirigido El atlas de las nubes que nos cuenta seis historias en diferentes épocas, del siglo XIX al XXIII, protagonizadas por los mismos actores haciendo papeles similares en todas ellas. Además, los actores van cambiando de raza (Halle Berry es blanca en una trama) y de sexo (en otra Hugo Weaving interpreta a una señora) maquillaje mediante. Lo que nos viene a plantear la película es una especie de enseñanza kármica de eterno retorno y todo lo que han ido pillando por el camino en libros de filosofía de bachillerato.

el atlas de las nubes

Pero el principal problema de El atlas de las nubes es que, en contra de su naturaleza pretenciosa, termina siendo una película muy conservadora en todos los aspectos. Visualmente es de una mediocridad insultante y narrativamente se limita a un montaje de historias en paralelo donde la obviedad es el principal motor, para que nos demos cuenta que todo lo que ha pasado volverá a pasarSólo en un par de ocasiones uno levanta un poco el ánimo con una imagen sugerente como la que ilustra el post.

La verdad es que lo mínimo que espera uno de una película así es un poco de riesgo, algo de valentía. Que después puede funcionar o no y terminar siendo sublime o ridículo. Lo peor que puede pasar es lo que ocurre con El atlas de las nubes, que en su intento por ser accesible termina siendo mediocre. Al final, la locura de la propuesta no aparece por ningún lado (y no, poner narices postizas a los actores no cuenta) y todo se reduce a una película de tres horas con alguna historia más interesante que otra que pasa ante nuestros ojos sin dejar huella. Ni siquiera cabreo por la tomadura de pelo, que hubiese sido lo suyo.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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