El hombre de acero, la innecesaria oscuridad

 

Resulta humanamente imposible, al menos para mí, realizar el ejercicio de abstracción de ignorar todo el recorrido y el peso que lleva a sus espaldas una película como El hombre de acero, que van desde las anteriores cinco películas del personaje hasta la implicación del omnipotente Christopher Nolan como principal ideólogo de la propuesta. Lo que sí debo reconocer es que El hombre de acero es una película honesta en sus intenciones tal y como demuestra su maravilloso trailer que refleja punto por punto lo que la película pretende ser. Pero claro, una cosa es condensar en tres minutos los puntos claves, visuales y argumentales, y otra es alargarlos hasta unos agónicos 148 minutos.

Creo que ya hemos comentado en más de una ocasión nuestra opinión sobre uno de los principales problemas del cine comercial actual: la insana obsesión de que las películas sean innecesariamente largas como pareciendo así que serán más importantes. El mejor ejemplo de esto se refleja en toda la parte inicial de El hombre de acero situada en Krypton: siendo la única porción de la película que tiene puntos en común con el Superman de Richard Donner, lo que ésta empleaba poco más de 10 minutos en contar (la traición de Zod, la advertencia de Jor-El de que Krypton va a desaparecer y la fuga de Kal-El a la tierra), desarrolla en casi el doble de tiempo. Esto que en sí mismo no tiene por qué ser negativo lo es por un incesante deseo de trascendencia, oscuridad e intensidad que marca el camino a seguir desde los primeros minutos y no nos soltará hasta el final.

Si ya el Superman returns de Bryan Singer se contagió de la seriedad de la sobrevalorada Batman begins, El hombre de acero llega a unos límites obscenos en su continua y forzada identificación del personaje principal con Jesucristo. A esto hay que sumar la incesante retahíla de frases trascendentes recordándonos continuamente lo adulto de la propuesta, no vayamos a pensar que esto es una peli de para niños. No, aquí somos todos señores adultos que vamos siempre con el ceño fruncido, pensando sobre el sentido de nuestra existencia y nuestro lugar en el mundo. De todos modos, en este apartado, no puedo dejar de destacar a que parece ser el único que consigue salvar la impostura y dar naturalidad y sensibilidad a Jonathan Kent en sus contadas apariciones.

Lo que menos imaginaba es que un director del evidente y demostrado talento visual como Zack Snyder se plegara a las exigencias del intenso Nolan para terminar realizando una película oscura y desaturada hasta límites molestos. Se supone que Superman es la luz que guía a la humanidad, el faro moral que todos debemos seguir, pero no hay brillo en El hombre de acero: la consciente decisión formal de que toda la película carezca prácticamente de color mata el talento para la imagen de Snyder que siempre había sido vibrante e imaginativo. Sólo en planos puntuales el director consigue dotar a la película de belleza y sentimiento: los ya mencionados momentos de Costner y el gusto por el detalle cotidiano; el problema está en que ya hemos visto el trailer y ahí está todo lo bueno.

crítica El hombre de acero

En su momento ya expresé que el señor Henry Cavill me inspiraba poca confianza y aunque su bella inocencia esté bien aprovechada en ciertos momentos, la terquedad del guión en querer hacer de Clark Kent un personaje lleno de profundidad hace que el escaso talento de Cavill termine pasando factura. Poco más puede hacer la talentosa Amy Adams con su personaje de Lois Lane: la actriz es el único punto luminoso de la película y esto es por su evidente carisma que es imposible que sucumba ni aunque participe en una película mediocre. Lo que más duele es ver a Michael Shannon tan desaprovechado en un registro único de loco peligroso carente de matices.

Como ya dije al principio, igual que a mí me resulta imposible olvidar los anteriores Supermanes, a los autores de esta película también se nota que les pasa lo mismo y se esfuerzan continuamente en que no haya el más mínimo punto en común con ellos. Desde el feo diseño de producción hasta la machacona música huyen de cualquier identificación pasada no sea que vayamos a decirles que no tienen imaginación. Así, el sentido lúdico y el humor del Superman de Christopher Reeve y el intento de nostalgia y romanticismo de Bryan Singer se ven sustituidos por la grandilocuencia y la intensidad marca Nolan, que tan bien funcionó en su Batman y que tan mal le sienta al hijo de Krypton.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era “una del espacio”. Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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