Ciutat morta, cuesta creer

 

Llevamos unos días con el tema de la libertad de expresión muy presente en nuestras vidas. Los atentados de a la revista Charlie Hebdo han abierto una serie de discusiones acerca de los límites del humor, la capacidad del mismo de mofarse de cualquier cosa y la libertad de expresión en general. Como suele suceder, en teoría todo el mundo parece estar de acuerdo y repite sin cesar el mantra de occidente es guay porque aquí podemos hacer y deshacer bajo el imperio de la ley. En la práctica, y en cuanto se enfría la situación, comienzan a surgir los peros que matizan el tema, lo ponen en contexto y nos hacen ver que la situación es más compleja de lo que parece. Los ataques en París son una exageración; una forma de llevar la aniquilación de la libertad al extremo. Pero hay casos más sutiles, más difíciles de situar en el mapa y que están aquí mismo.

Cuitat Morta es un que recoge una serie de hechos que sucedieron en Barcelona el 4 de febrero de 2006: durante el desalojo de una casa okupa en Ciutat Vella un policía resultó herido por una piedra arrojada a gran altura. En el documental se relatan algunas de las numerosas irregularidades, incluyendo informes contradictorios, ocurridas en diferentes momentos de las detenciones y el juicio, que acabó con nueve condenados que aun a día de hoy proclaman su inocencia. Desafortunadamente, el relato de Cuitat Morta está incompleto: faltan los relatos de la autoridades políticas, funcionarios y policías que se negaron a dar su versión de los hechos y que nos habrían aportado algo más cercano a la verdad. O quizás eso ya hubiese sido una verdad insoportable.

ciutat morta

Durante toda la proyección de Cuitat Morta la incredulidad es la tónica general. Cuesta creer que el caso no tuviese más repercusión; cuesta creer que todo lo que se cuenta sea real; cuesta creer que el sistema judicial y político fuese tan inclemente e inhumano; cuesta creer que todo acabase tan mal; y, por último, cuesta creer que Ciutat morta no se haya podido estrenar en cines de forma comercial y que su distribución se esté realizando mediante pases individuales en salas alternativas.

Pero lo que más cuesta creer, en este estado democrático en el que vivimos, donde nos rompemos la camisa defendiendo la libertad de expresión, es que un juez haya dictaminado censurar una parte del documental en su emisión anoche en Canal 33 porque, eventualmente, podrían atentar contra el derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen de Víctor Gibanel, ex jefe de información de la Guardia Urbana. Gibanel aparece en el documental en un fragmento de un interrogatorio filtrado a la prensa donde es severamente recriminado por hacer mal su trabajo. Si Gibanel considera que su honor ha sido mancillado está en su derecho en denunciar a los autores de Ciutat morta, pero lo que es inadmisible es que de forma preventiva se mutile una obra cinematográfica porque puede ofender a un señor jefe de guardia urbana.

Mientras sigamos teniendo dificultad para ver una obra como Ciutat morta podremos decir que vamos mal, como ciudadanos y como estado (ni siquiera en Filmin disponen de la versión completa). Ayer, #CiutatMorta fue trendig topic en twitter. No debería haber sido tendencia porque lo que no se vio, debería haber sido tendencia por su calidad, humanidad y valentía. Cuesta creer que en nuestro país tan libre sigan pasando estas cosas.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era “una del espacio”. Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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