Abraham Lincoln: Cazador de Vampiros, delirante clase de Historia

 

¿Cómo se enfrenta uno a algo con el delirante título de Abraham Lincoln: Cazador de Vampiros? Quizás esta es la pregunta que uno se hace cuando ve por primera vez el trailer o el poster de esta película. Lo lógico es pensar que esto va a ser un cachondeo sin sentido, un delirio de estos de Serie B sin más lógica que la del título. Pero no, los autores de esta película, no sé si en un ataque de lucidez extrema o de inconsciencia supina van y se toman la cosa en serio.

Tal y como dice el título esto va de que el insigne Presidente de los Estados Unidos de América fue en realidad un cazador de vampiros desde jovencito hasta el día de su muerte. De este modo, la película nos narra como el caballero recorre el camino desde ser estudiante de derecho a abolicionista de la esclavitud. Así, como si nos interesase la historia de este señor. Afortunadamente, durante su trayecto se tendrá que enfrentar con unos cuantos vampiros y veremos como toma consciencia de que eso de que los de los de los colmillos afilados se coman a los negros no está bonito. Tal como lo cuento.

Siguiendo con la mezcla del tema de los vampiros con la historia real también veremos como los del sur se alían con éstos para intentar ganar la guerra civil y cómo Abraham se lo monta para idear un estupendo plan para ganar la definitiva Batalla de Gettysburg. En cierto modo es una técnica parecida a la reinvención de la Historia llevada a cabo por en Malditos Bastardos pero llevada al límite del absurdo. En este momento uno ya no sabe si le están tomando el pelo desde el otro lado de la pantalla o el señor que ha escrito el y el guión a quien ha timado es a los de la 20th Century Fox. Toda una incógnita lo de este tipo que además se luce usando “El manual del guionista estandard hollywoodiense”. Repasemos algunos de los puntos:

  1. El protagonista tiene que tener un trauma muy chungo: aquí un vampiro mata a la madre de Abraham y eso deja huella a cualquiera.
  2. Como es una película basada en un personaje histórico todo tiene que ser lapidario: venga bien de citas bíblicas que la mayoría de las veces no pegan ni con cola y su buen número de frases motivacionales entre los personajes por si no nos hemos enterado de que hay que superarse, ser uno mismo, valorar a los demás por lo que hacen y que la venganza no lo es todo.
  3. La chica de la película no debe enterarse de nada pero aun así debe tener carácter: esto que puede parecer una contradicción ciertamente lo es y aquí se aplica a la perfección. La señora Lincoln no se cosca de nada durante todo el matrimonio pero cuando se entera del pescao le echa una mano a su marido, no sin antes de pasar por el trauma similar al visto en el punto 1.
  4. El resto del planeta no existe más allá de Los Estados Unidos de América: el problema se acaba cuando se echa a los vampiros de los USA y se emigran a Europa y América del Sur (sic). Confío que en las siguientes partes que se realicen se tengan en cuenta a insignes mandatarios como Margaret Tachtcher, Fidel Castro o Felipe González. Aquí hay potencial para una buena saga.
  5. Por último, puedes saltar encima de caballos galopando y de puentes ferroviarios ardiendo sin problema: a veces quedará un poco ridículo que andes dando pasitos a lo muñeca de Famosa, pero no pasa nada. Si eres un vampiro también puedes coger a uno de esos caballos y lanzárselo a Abraham.

Yo ya no sé si Abraham Lincoln: Cazador de Vampiros es buena o es mala. Me cuesta discernir el bien del mal en este caso. No sé si el hecho de que esté contada en serio le ha hecho perder público que lo mismo quería ver un dislate y no un drama histórico. Porque está claro que los que quieran ver algo relacionado con la historia de Lincoln se esperarán a la de Spielberg. Yo debo reconocer que aburrirme no me aburrió y es lo mínimo que se le debe pedir a algo así.

Y a mi que no me vacile el guionista con el final, que si mi acompañante de sala dice que el del final es quien parece ser yo me lo creo. Y punto.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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