Un lugar tranquilo, ¡silencio, por favor!

Todo aquel que se disponga a rodar un film de saliéndose de los cánones preestablecidos y de los clichés más sobados lo tiene muy difícil: si se pasa de arriesgado seguramente encantará a la crítica pero aburrirá a la mayoría de su público potencial, pero si llena su película de sustos baratos lo único que conseguirá es un producto de usar y tirar que pasará sin pena ni gloria. Un lugar tranquilo no es ni una cosa ni la otra. No es un delirio gafapastil, pero por suerte tampoco es un tren de la bruja del todo a cien e intenta ofrecer algo original.

Un lugar tranquilo

Cuando la humanidad se ve acechada por unos bichardos muy jodidos —que ni se acaba de saber de dónde salen ni falta que hace—, aparentemente indestructibles y que sólo parecen estar por la labor de montar una carnicería y acabar violentamente con la vida de cualquier ser al que puedan oír, la única solución viable consiste en procurar mantenerse en silencio a sabiendas de que el mínimo desliz puede provocar tu inevitable masacre en unos pocos segundos.

En Un lugar tranquilo seguiremos el día a día de una familia que, sobre todo, trata de sobrevivir sin hacer ruido bajo ningún concepto. Debido a esto, las líneas de diálogo serán más bien escasas y nos encontraremos ante una cinta prácticamente muda durante la mayor parte de su metraje. Y aquí había una oportunidad de oro. Los seguidores del sabemos que la mayoría de películas englobadas en este género se sustentan en sobresaltos previamente anunciados por un progresivo descenso del volumen o por acentuación musical. ¿Qué mejor forma de tener en tensión al público que eliminando esas pistas y convirtiendo toda la experiencia en una agonía donde no se pudiera intuir en ningún momento cuándo les van a asustar? Por desgracia, los responsables de este film decidieron incluir una banda sonora omnipresente que no sólo desaprovecha esta oportunidad sino que resta efectividad a muchas escenas que habrían ganado enteros sin ningún tipo de acompañamiento musical.

Y hablando de artificios innecesarios, hay que mencionar a los monstruos. Un lugar tranquilo se beneficia, sobre todo, de la tensión que provoca la situación en la que se encuentran sus protagonistas al evitar atraer la atención de estas horribles e implacables criaturas. Pero, a la hora de la verdad, cuando éstas terminan mostrándose en todo su esplendor, pierde bastante gracia. Y esto ocurre porque, una vez más, han tirado de CGI para crearlas. Y no es que sea un CGI malo del todo —el resultado final está a medio camino entre el jefe final de algún Resident Evil de mediados de los 2000 y los bichos de Cloverfield—, pero sí que evita que nos den tanto miedo o asco como cabría esperar.

Un lugar tranquilo

John Krasinski, el eterno Jim de la versión americana de The Office, hace aquí un trabajo mucho más que digno: como director es capaz de marcarse unas set-pieces de lo más resultonas y como actor logra expresar una cantidad ingente de emociones sin mediar palabra. Lástima (o no) que en ese aspecto quien salga ganando sea Emily Blunt, que se adueña de la función al protagonizar la mejor escena de la cinta. Algo por debajo están y Jupe en el papel de los pequeñuelos de la casa. Por suerte, al no oírles hablar demasiado, nos caerán mejor que algunos de sus compañeros prepúberes de profesión.

Por lo demás, más allá de un acusado sentido de la urgencia y algunos tramos que pondrán nuestra capacidad para no mordernos las uñas, el guión de Un lugar tranquilo no es nada del otro mundo. Ni sus personajes resultan especialmente complejos ni la trama contiene giro alguno que no nos viésemos venir desde los primeros minutos. En base a esto, llegamos a la conclusión de que no se trata de ninguna obra maestra, pero sí de una evasión muy disfrutable dirigida con pulso y diseñada para arrasar con la taquilla de cualquier sala en la que se exhiba. En Estados Unidos ya ha sido un fenómeno, ¿lo conseguirá aquí también? Deseémosle buena suerte a Jim, el tipo se lo merece.

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