Marvel, del papel a la pantalla: X-Men (2000)

«La humanidad siempre ha temido lo que no entiende», Magneto.

La idea de hacer una película sobre los X-Men venía dando vueltas por Hollywood desde principios de los 90. Numerosos nombres de prestigio como James Cameron, Robert Rodriguez o Joss Whedon estuvieron involucrados en diferentes fases del proyecto, pero no fue hasta que en 1998 se dio luz verde a la producción. Bryan Singer era por aquel entonces un joven realizador que había obtenido un notable éxito con su segunda película Sospechosos habituales. Fue la capacidad de dirigir una película tan coral como ésta la que animó a los productores a ofrecerle la oportunidad de dar el salto al cine de los grandes estudios. Singer en un principio fue reacio a hacer una película basada en unos tebeos por considerarlo poco serio pero una vez profundizó en la historia de la Patrulla X vio que podía dar rienda suelta a uno de los temas que se convertirían en una constante en su filmografía: la alienación del individuo ante la sociedad imperante.


A pesar de ser un veraniego, se estrenó en julio del 2000, el estudio no quiso hacer un gran desembolso porque no tenía la suficiente confianza en que el público respondiese a una película de superhéroes. Por eso Singer tuvo que contar con un reparto de nombres relativamente desconocidos y sacrificar la espectacularidad de la historia por un desarrollo de personajes bastante eficiente. Aquí radica una las grandes bazas de esta película: sus poco más de 100 minutos se pasan en un suspiro, saben a poco y acabas con ganas de muchísimo más. En el fondo, la falta de grandes efectos hace que nos concentremos en la historia y Singer convierte esa carencia en virtud.

De todos modos, el carácter coral de la historia queda levemente empañado por el sorprendente carisma de un actor australiano del que nadie sabía nada y que se convirtió en toda una estrella. Hugh Jackman reemplazó a última hora al inicialmente previsto Dougray Scott en el papel de Lobezno, papel para el que también postularon Russell Crowe y Keanu Reeves pero que fueron descartados por motivos presupuestarios. Establecer toda la historia bajo el prisma del personaje de ayudó a que el espectador descreído tolerase a unos personajes con denominaciones ridículas y trajes imposibles; hasta hay coñas a costa de los nombres (Cyclope, Tormenta, Magneto,…) y el vestuario (amarillo y azul en los comics, sobrio cuero negro en la película). Además, Singer huyó de un tono excesivamente fantasioso decantándose por una sobriedad realista de la que luego beberían posteriores adaptaciones como el Batman de Nolan.

La historia nos sitúa en un no muy lejano donde el gobierno estadounidense pretende legislar un registro de mutantes. Este conflicto sirve a Singer para contraponer las dos ideas que enfrentan a Magneto y el Profesor Xavier: el rencor y desprecio hacia los normales frente al intento de integración y comprensión de los diferentes. El duelo interpretativo entre Ian McKellen y Patrick Stewart es de altura y es otro de los puntos fuertes. Como curiosidad, mencionar que tanto McKellen como Singer son gays declarados y comprometidos activistas, lo que les sirvió a ambos para componer esta oda a la diferencia.

El potente éxito tanto de público como de crítica hizo que comenzase una nueva etapa en el cine de superhéroes. Tanto los avances tecnológicos como la confianza de que el público estaba dispuesto a ver a unos señores con superpoderes y vestidos de forma extraña hicieron que nos encontrásemos en el punto en el que nos encontramos hoy.

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