Turbo, tan bonita como tópica

 

Hay que reconocer que el nivel de es de lo más desigual, pero a ellos les funciona. Sin ánimo ninguno de disputarle a Pixar el cetro de qualité que ostenta desde los inicios, la productora fundada por pone más el ojo en la taquilla rápida más que en la historia del cine. Así, sólo Shrek y algunos personajes de Madagascar sobrevivirán a nuestra delicada memoria. Y no será Turbo uno de esos personajes que nos vayan a acompañar mucho tiempo. Aunque tampoco sea como para maldecir su existencia.

Turbo quiere correr y no puede porque es un caracol. Un día, por arte de nitrógeno líquido, adquiere las cualidades de un Fórmula 1 y termina corriendo en una pista profesional. Y ya está. En cuanto al recorrido de la historia de la película no hay mucho más que rascar. Desde el minuto uno sabemos cómo va a acabar el pequeño Turbo: consiguiendo su sueño a pesar de todo y todos, porque no hay sueño lo suficientemente grande y bla bla bla…

turbo película

Lo que sí consigue Turbo es que la amalgama de tópicos la veamos con ligereza y, sobre todo, inventiva visual. Ultimamente, las películas de de Dreamworks están contando con realizadores y directores de fotografía de fuste como asesores: fue consultor en El origen de los Guardianes, Roger Deakins (colaborador habitual de los hermanos Coen) lo fue de Cómo entrenar a tu dragón y Los Croods (y de Rango de Pixar) y aquí se ha contado con Wally Pfister, el director de fotografía habitual de Chistopher . Aunque pueda parecer una tontería este cuidado por la imagen da como resultado muchos momentos de gran belleza que nos hacen evadirnos de la previsible propuesta.

Enumerar las cosas que deberían haber estado mejor en Turbo sería extenderme innecesariamente. Pero lo que más duele es ver a una gran cantera de personajes secundarios que deberían haber dado mucho más juego. Tanto los caracoles como los humanos podrían haber estado algo más desarrollados para que les cogiésemos un poco más de cariño. Aun así nos dejan un buen puñado de gags con los que pasaremos un buen rato.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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