Sparrows, agradable pero insustancial drama islandés

 

Los inescrutables designios de los jurados en los festivales, junto con las no menos misteriosas decisiones de las distribuidoras, han propiciado que llegue a nuestras pantallas Sparrows, la discutida Concha de Oro del Festival de del año pasado, ahora que está a punto de empezar la edición de 2016. La producción islandesa, segunda película del joven , nos sumerge en el paisaje de la lejana isla para narrar la historia de Ari, un joven que regresa a la casa de su padre con la intención de rehacer su vida junto a él.

Sparrows

El relato coming of age propuesto por Rúnarsson se nos antoja en principio como algo que ya hemos visto, tanto en el cine europeo como en el estadounidense, en más de una ocasión. Aún así, la mera curiosidad de que el cine islandés no se prodigue en nuestras pantallas nos hace encontrar en ellas varios puntos interesantes. Por un lado, el retrato que Sparrows hace de los hombres islandeses no puede dar más pavor: prácticamente todos los personajes, excepto nuestro protagonista, hacen gala de un machismo que se ve claramente inscrito en la sociedad. Desde los comportamientos del padre alcohólico del joven hacia su propia madre hasta los del puñado de jóvenes presentes en la película nos hacen ver que hay mucho camino aun por recorrer y que los comportamientos misóginos siguen estando a la orden del día. Quizás la parte menos interesante de Sparrows se encuentre en la relación de Ira y su padre problemático que nos trae los típicos discursos de incomprensión intergeneracional, así como los deseos de aceptación por parte de uno y otro personaje.

Rúnarsson demuestra buen gusto para los encuadres, tanto en el aprovechamiento de los paisajes como en la quietud de los interiores. Aun así, Sparrows no pasa de ser una película que solo podría ser calificada de agradable pero insustancial. Solo en sus escenas finales Rúnarsson apunta algún interesante dilema moral que quizás podría haber venido antes y darle a su película algo más de vuelo. Pero llega tarde y aunque no nos hayamos aburrido, no hará que Sparrows permanezca en nuestra memoria.

 

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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