Posesión Infernal, mortalmente divertida

 

A finales de los 70 y principio de los 80 el cine de terror vivía un momento de esplendor un poco raro. Una mezcla de seriedad salvaje se había impuesto en el género. Propuestas estadounidenses como La Matanza de Texas, Las colinas tienen ojos, La Noche de Halloween Viernes 13, por un lado, y el cine de los italianos Mario Bava y Dario Argento, por otro, habían abierto nuevas vías dando lugar a unos contenidos más explícitos de lo habitual, es decir, sangre y vísceras. De todos modos, este cine seguía siendo minoritario y, por tanto, de bajo presupuesto pero muy rentable en pequeños círculos cinematográficos. Todo este cine de terror tuvo una vertiente casposa que, con la sana intención de provocar al personal, produjo una serie de películas de una comicidad involuntaria debido a lo malas que llegaban a ser.

Tuvo que llegar Sam Raimi en 1980 con Posesión Infernal a poner un poco de orden en este desaguisado tan divertido como incoherente. Con sólo 20 años se asoció con sus amigos Robert Tapert y Bruce Campbell para realizar la que sería su primera película. La historia era sencilla: cinco amigos van a pasar un fin de semana en una cabaña en el bosque y allí empezarán a ser poseidos por un ente diabólico. Hasta aquí nada original. Raimi dio el campanazo con dos ingredientes con los que demostró su talento y que, hasta entonces, habían sido ignorados en el género: un potente sentido visual y un humor negro de lo más visceral.

Vista hoy día, Posesión Infernal sigue tan fresca como en sus inicios. Nada en ella produce risa sin que la intención sea esa. Además ni siquiera se ve cutre, barata si, pero cutre no. La imaginación visual de Raimi es apabullante y hace que cada plano y cada movimiento de cámara resulten apabullantes. La mezcla de inocencia, arrogancia e inconscencia propia de un jovenzuelo nos ofreció una de las cimas del cine de terror de todos los tiempos. Por eso para muchos Posesión Infernal es el Ciudadano Kane del cine de terror.

Raimi seguiría la senda en su siguiente película, amplificando lo conseguido y convirtiendo al amigo Bruce Campbell en todo un icono. Pero de eso ya hablamos mañana.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era “una del espacio”. Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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