Monuments men, disfrutable ligereza

 

La carrera de como director y guionista se viene moviendo entre los dramas intensos y profundos, normalmente con connotaciones políticas de por medio (Buenas noches, y buena suerte, Los idus de marzo), y los divertimentos sin más pretensiones de crear un cine ligero pero, aun así, adulto (Ella es el partido, Confesiones de una mente peligrosa). Para su quinta película Monuments men, Clooney adopta el tono ligero para una aventura con sabor añejo que aunque avanza a trompicones deja el buen sabor de boca de una película ideal para un domingo por la tarde.

Monuments men narra la historia real de un grupo de historiadores del arte que son reclutados para catalogar y recuperar diversas obras que están siendo expoliadas en Europa por los durante la Segunda Guerra Mundial. En cierto modo, Clooney parece haber querido hacer un Ocean’s eleven van a la guerra con la particularidad de que en vez de haber una sola tarea, la película se va bifurcando en las diferentes pequeñas misiones que van ejecutando los historiadores: esta estructura da a la película un aspecto deslavazado que Clooney no consigue articular de forma orgánica, consiguiendo que la película parezca más una sucesión de capítulos de una serie que una narración cinematográfica convencional. En este sentido, me pregunto si no hubiese sido mejor hacer una mini serie contando en condiciones cada una de las misiones y dándonos tiempo de que conozcamos a los personajes.

Monuments men

Tener en un reparto a Damon, Murray, Goodman, Blanchett, Balaban, Dujardin, Boneville y, por supuesto, Clooney es una garantía de que nada puede salir mal y que al menos el interés del espectador estará asegurado aunque sea por el deslumbramiento de las estrellas. Clooney y su guionista, Grant Heslow, dan a cada uno de los actores personajes que parecen moldeados a sus respectivas capacidades que van desde el duo romántico de halo clásico que forman Damon y Blanchett, el cómico de Murray y Balaban y la honorable historia de amistad de Clooney y Boneville.

El mayor problema de Monuments men en esa pretendida ligereza de tono no acaba de funcionar porque Clooney no consigue que la (que no risa) fluya bien, hundiendo a la película en la inanidad cuando debería haber sido todo lo contrario. Aun así, se disfruta.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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