Lost river, ejercicio de estilo lynchiano

 

Son muchos los directores de cine que recorren el camino que les lleva desde la consecución de un estilo a que este se convierta en fruto de parodia, muchas veces involuntaria cuando es el mismo director el que la ejecuta. Desde Michael Bay a Terence Malick el estilo es eso que hace reconocible la mano que está detrás de la cámara, y de todas las decisiones que se toman para llevar una historia a la pantalla. Pocos son los directores que con su primera película triunfan al conseguir ese sello inconfundible, que sin ser necesario para ser un buen director a los críticos nos facilita la tarea.

Ryan Gosling firma con Lost River su primera película como director contando con la que fue su compañera de reparto en Drive, Christina Hendricks, y su actual pareja sentimental, , para una historia situada en un apocalíptico Detroit que poco tiene que envidiar al de Robocop. Para narrar esta historia de desahucios y jóvenes que están descubriendo lo dura que es la vida Gosling pone la mirada en las atmósferas y formas de su querido amigo y, en un alarde de obviedad por mi parte, .

Lost River

Lo que ocurre es que a Gosling es fácil darle palos porque es joven, está empezando en esto de dirigir y el modelo que ha tomado es muy complejo: escapar de las sombras del imaginario lynchiano (que en realidad no es tan original y proviene del Buñuel más surrealista) no es tarea fácil y por ello Lost River tiene ese continuo destello que no acaba de deslumbrar. Se podría decir que como ejercicio de estilo para ir cogiendo fuerza es más que estimable: las formas, las imágenes y los sonidos están perfectamente captados, alcanzando cotas enfermizas de lo más agradables.

Ahora Gosling debe matar al padre, y al hermano Winding Refn, y buscar su voz. Los apuntes políticos y sociales de Lost River son más que interesantes y por ahí podríamos tener a un cineasta estadounidense que afronte esos retos sin caer en pueriles parábolas sociales. Por ahora, nos queda un interesante ejercicio que hay que valorar con algo de condescendencia para no caer en un excesivo cabreo.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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