La herida, frío catálogo de síntomas

 

Hace un año Alexliam señalaba en su crítica de El lado bueno de las cosas lo extraño que se hacía que una película con un personaje con una enfermedad mental fuese tan buenrrollista. Pero tranquilos, aquí viene La herida para presentarnos a un personaje con un Trastorno Límite de la Personalidad (aunque no se mencione en ningún momento), con sus luces y sombras, aunque con más de las segundas.

Está claro que en principio sólo los iniciados en psiquiatría y los afectados (pacientes y allegados) por esta enfermedad mental reconocerán la patología, mientras que el resto nos encontraremos tan desconcertados y perdidos como la misma protagonista. El enfoque que adopta el director Fernando Franco es el de ofrecernos siempre el punto de vista del personaje de Ana y que el desconocimiento de su propia condición sea nuestra propia ignorancia: vemos a todos los personajes que rodean a la omnipresente y sus diferentes reacciones, pero en escasas ocasiones los vemos tratar el tema de forma explícita.

En cierto modo la opción de Franco es hacernos partícipes del desamparo de Ana y dejarnos sin asideros dramáticos en los que encontrar confort. Franco nos deja solos en la frialdad de la existencia de Ana, mostrando sólo ciertos momentos de calidez, pero impidiendo que logremos la más mínima empatía con el personaje. Si el objetivo era mostrar a un personaje con trastorno límite de la personalidad y que sepamos, en parte, lo que siente, el objetivo está cumplido.

La herida

Otro tema es intentar escarbar para qué nos están contando esta historia. Y aquí es donde la frialdad expositiva del director juega en su contra ya que todo parece formar más parte de un ejercicio de estilo llevado al límite que de un verdadero acercamiento a un problema concreto: no hay en La herida ningún retrato social, algo que nos hable del aquí y el ahora y de por qué es necesaria esta no-historia (hay situaciones, no argumento, sin que esto sea negativo).

Sin dejar de alabar la extraordinaria interpretación de Marian Álvarez, que soporta todos y cada uno de los planos de La herida, me cuesta ver algo más allá, algo que trascienda a un mero catálogo de síntomas, algo que me haga entender por qué todo el mundo alaba tan exageradamente esta película.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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