Kursk, burocracia mortal

 

El naufragio del submarino ruso Kursk, tragedia que tuvo lugar el 12 de agosto del año 2000 en el mar de Barents y que supuso la muerte de los 118 tripulantes que se hallaban practicando maniobras militares, será el hecho histórico que el danés Thomas Vinterberg recreará –no sin permitirse numerosas y constantes licencias dramáticas– en su nuevo largometraje, cuyo título toma directamente el nombre de la mencionada embarcación en la que se produjeron los hechos: Kursk.

Kursk Thomas Vinterberg

Una explosión en la sala de torpedos crea una reacción en cadena por la que el submarino nuclear queda totalmente inutilizado, inerte y silencioso en el fondo del mar. Un reducido grupo de supervivientes logran parapetarse, contra la opresiva presión del mar que entra a tomar posesión del sumergible, en uno de los compartimentos equipados con escotilla desde la que los equipos de emergencia tendrían, presumiblemente, fácil acceso. Seguros de servir a un país que jamás les daría de lado, los supervivientes del Kursk esperan con confianza y optimismo al equipo de rescate que les permitirá ver de nuevo a sus seres queridos. Los familiares, que viven la situación desde una perspectiva opuesta, sufren con desespero las constantes reticencias y nulas informaciones que el gobierno les ofrece.

El cine de Thomas Vinterberg, siempre preocupado por la problemática de las relaciones familiares, que presenta como disfuncionales y traumáticas, extrapola en Kursk estas cuestiones al ámbito internacional; de lo íntimo a lo global, de lo interno a lo externo. Las relaciones disfuncionales que nos muestra el director danés en esta película son aquellas que se mantienen entre naciones, cada una de las cuales busca dominar al resto mediante voluntades de poder. Es por ello que la intransigente y fría burocracia, carente de toda emoción humana y cualquier principio de empatía, con que el gobierno del estado –en este caso Rusia– gestiona el conflicto choca diametralmente con la visceral y desgarrada actitud de las familias, que exigen todos los medios disponibles y opciones al alcance para efectuar el rescate; aunque ello suponga algún tipo de absurda deshonra o humillación patriótica basada en un estúpido orgullo institucional. A nivel individual, los representantes de estas dos posturas serán Léa Seydoux –familia, mujer de uno de los tripulantes supervivientes– y Max von Sydow –gobierno–.

El drama, así como el discurso de Vinterberg, se encuentra apuntalado por la ficción, que entra en juego para estructurar la realidad en determinados puntos de giro. Es precisamente en estas licencias dramáticas donde el director parece moverse con mayor soltura, y posiblemente son estas decisiones narrativas las que hacen que la película, con todo el peso tremendista que caracteriza al autor danés, funcione en su conjunto.

Kursk Thomas Vinterberg

La gélida fotografía de Anthony Dod Mantle, de tonos apagados y húmedos, parece acorde al opresivo padecer de los hombres que aguardan atrapados en el submarino naufragado. El tono general de la cinta queda matizado por la trágicamente bella y elegante banda sonora de Alexandre Desplat, cuyo tema principal resuena largo tiempo después de abandonar la sala. De la forma más sucinta posible, podemos concluir que Kursk, para bien o para mal –a gusto del consumidor–, se proclama como el anti-Dunkerque. Cuando 23 hombres no podían regresar a su país, su país fue a por ellos, pero así de chill, sin prisa hermano, con tranquilidad, a ver si eso qué podemos hacer, no nos apresuremos tampoco, ve tirando tú, ya te alcanzo…

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