Into the woods, un desperdicio de ideas interesantes

 

Desde que irrumpiese en el firmamento de con la ya olvidada Chicago, ganadora del Oscar a la Mejor Película en 2003, Rob Marshall ha ido alternando el cine dramático con vocación premiable (Memorias de una geisha) y las aventuras piratas más impersonales posibles, con otros intentos en el : la desaprovechada Nine y este Into the woods que nos ocupa y que no mejora demasiado su curriculum.

El célebre musical de Stephen Sondheim, autor del libreto en que se basaba el Sweeney Todd de Tim Burton, Into the woods se adelantó a Shrek en su intención desmitificadora de los cuentos infantiles: obviando las partes que ya conocemos de estos relatos vemos a Cenicienta, Caperucita Roja, Rapunzel y a Jack de las habichuelas mágicas tanto en los momentos previos como en los posteriores a sus narraciones escritas. Además, éstos habitaban el mismo universo y sus encuentros en el bosque eran el nexo de unión que proponía una interesante reflexión sobre la naturaleza de los personajes, sus dudas, intenciones, anhelos, es decir, una profundización en unos caracteres que, con el tiempo, se convirtieron en estereotipos. Todo esto hereda su adaptación cinematográfica, pero de forma plana y, sobre todo, aburrida.

into the woods

Hay que reconocer que la primera hora de Into the woods nos hace tener algo de esperanza en que vamos a disfrutar con ella: el ritmo es cadenciosamente musical, los personajes resultan interesantes y, todo esto, a pesar de la perezosa puesta en escena de Marshall, que se limita a poner a cantar a los personajes en decorados falsos, como si los estuviese rodando en un escenario de Broadway. Una vez superados esos minutos, la película de Rob Marshall empieza a dar bandazos entre personajes, olvidando mantener algo de la coherencia inicial, provocando que todas las ideas interesantes presentes en el musical se vayan al garete. En poco ayuda la realización del director que se muestra parca en ideas con las que desarrollar la propuesta: parece que le basta en confiar en el innegable buen hacer de , y y en las canciones de Sondheim para salir del paso.

Mientras tanto, nos encontramos huérfanos de musicales cinematográficos que llevarnos a las retinas y los oídos: el infausto recuerdo de Los miserables aun resuena en nuestra memoria. Todavía no hemos visto Annie, pero disculpadme si los prejuicios nos hacen temer lo peor.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era “una del espacio”. Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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