Festival de Málaga: RUMBOS, inanes vidas cruzadas

 

Hará cosa de unas décadas Robert Altman y perfeccionaron la narrativa cinematográfica basada en historias cruzadas con dos obras maestras como Short Cuts y Magnolia. Esto dio como resultado gran cantidad de películas que creían que con contar en paralelo varias historias con algún nexo en común ya lo tenían todo hecho. La abominación tocó su techo en 2004 cuando la Academia decidió dar el Oscar de Mejor Película a la detestable Crash de Paul Haggis. Este parece haber sido el modelo de en Rumbos con su segunda película detrás de las cámaras tras Cómo sobrevivir a una despedida.

Rumbos

Seis vehículos son los escenarios donde las diferentes historias se van sucediendo hasta que, más previsiblemente que inevitablemente, muchas de ellas acabarán confluyendo. Nombres reconocibles como los de , , Ernesto Alterio y Pilar López de Ayala acompañan a otros más nuevos como Miki Escarbé y dentro de una serie de relatos donde poco pueden hacer para aguantar el tipo.

El guión de la realizadora murciana no alcanza a tener historias que despierten interés y el desarrollo de las mismas cruza mil tópicos con los que estamos hartos de cruzarnos: el camionero solitario, la puta con buen corazón, el chico sobrado con amigo de sexualidad titubeante… Además, tampoco hay una propuesta formal que saque a Rumbos de la más pura inanidad en la que se sustenta. Así, los 90 minutos se suceden de forma tediosa, saltando de una historia a otro y aburriéndonos de tal manera que nos ponemos a pensar cosas tan absurdas como ¿por qué una ambulancia se pega toda una noche dando vueltas sin rumbo como si fuese un taxi? Para acabar de rematar, los diálogos parecen sacados de un libro de autoayuda de Paulo Coelho provocando más vergüenza ajena que momentos de sentimiento real.

Manuela Moreno fracasa a todas luces a la hora de sacar adelante el que parece ser su primer proyecto personal tras el encargo que le hizo Atresmedia (productora que repite aquí) con su primera película. Pero el caso es que incluso preferimos el intento de comedia femenina que era Cómo sobrevivir a una despedida a esta desangelada película que simplemente no interesará a nadie el día de su estreno.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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