Festival de Sevilla: The tribe, catálogo de crueldades

 

El director ucraniano Miroslav Slaboshpytskiy presenta en su particular homenaje al cine mudo mediante una historia protagonizada por adolescentes sordomudos. La mayor particularidad de la cinta es que Slaboshpytskiy no ha subtitulado a sus protagonistas, con lo que debemos prestar atención al lenguaje no verbal para ir descifrando los comportamientos de estos jóvenes (a no ser que sepamos lenguaje de signos, claro).

Una vez superado este pequeño peaje (tranquilos, a los 10 minutos dejas de echar de menos los diálogos), The tribe se adentra en un internado de sordomudos donde la sordidez, la violencia y, en muy menor medida, el cariño camparán a sus anchas a lo largo de 130 minutos. La exposición de las situaciones mediante largos planos provee de un enorme naturalismo a todo el relato, pero también provoca que muchas de sus secuencias se alarguen innecesariamente.

The tribe

En lo que nunca cae The tribe es en una condescendencia con sus personajes. A Slaboshpytskiy le da igual que sean sordomudos: no hay en la película un solo personaje positivo o siquiera ambiguo. Todos ellos ejercen una tremenda crueldad con sus congéneres, a pesar de tener todos las mismas deficiencias. El catálogo de crueldades expuesto llega a ser exasperante, con múltiples retorcimientos en la butaca. Aun así, destaca la primera escena amorosa entre los dos principales protagonistas, llena de una ternura que solo aparece esta vez en pantalla.

The tribe es una propuesta límite que a pesar de su calidad, y a pesar también de su hondo pesimismo, no será del agrado de todo el mundo. Su ritmo, su particularidad antes comentada en cuanto al uso del lenguaje de signos, pero, sobre todo, su extrema crueldad provocará más de un disgusto. Id con el estómago preparado.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era “una del espacio”. Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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  1. 8 noviembre, 2014

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