Festival de Málaga: Techo y comida, drama complaciente

 

La y social en España ya es un tema que de forma más o menos habitual se cuela en nuestra cinematografía. En estos años películas como Hermosa juventud o Los fenómenos han tratado el tema frontalmente, mientras otras como 10.000 km. o La vida inesperada lo han tratado de forma tangencial. Techo y comida, debut de , centra su mirada en el de una joven madre soltera sin recursos para sacar su vida adelante.

encarna de forma magistral a Rocío, una jerezana que lucha por evitar que el dueño del piso de alquiler en que vive le desahucie. Poco más cuenta Techo y comida ya que se limita a enunciar los diferentes problemas a los que Rocío se enfrenta: una ayuda institucional que tardará varios meses en hacerse efectiva, un casero que presiona por desalojarla ya que lleva ocho meses sin cobrar, una entrevista de trabajo que nunca llega, un inevitable corte de agua…

Techo y comida

Juan Miguel del Castillo focaliza su atención en el drama de Rocío, aunque a veces rompa de forma caprichosa su punto de vista hacia otros personajes, sin indagar en qué le ha llevado a esa situación. Techo y comida muestra los efectos de la crisis pero renuncia a estudiar las causas: la mayoría de los personajes institucionales (funcionarios, abogados, empresarios) están mostrados de una forma muy deshumanizada, dando a entender que el sistema es un ente diabólico que no merece ser representado.

No cabe duda que la interpretación de Natalia de Molina en Techo y comida nos hace sentir una enorme empatía ante todas las situaciones que se nos presentan. Del Castillo no carga las tintas de forma que Techo y comida mantiene siempre un tono que la hace soportable para el gran público. De hecho, no extraña su premio en el Festival de Málaga: durante 90 minutos contemplamos una película que nos hace salir reconfortados por no vivir así y con la calma de que nadie es culpable de todo lo que sucede, más allá de un vil sistema sin ojos ni cara que mira por encima del hombro a personajes como Rocío. Que no es mentira, ni mucho menos, pero no deja de ser un mensaje demasiado simplista.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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