Festival de Málaga, Día 4: Sueños y pesadillas

Las películas suelen ser la conclusión del sueño cumplido de un director. Así lo demuestran las dos películas que vimos ayer en el Festival de Málaga. El problema es cuando este sueño se convierte en la pesadilla de los espectadores.

En la sección oficial se proyectó Kanimambo que cuenta la historia de una chica hija de padres saharauis que vuelve al desierto para reencontrarse con sus hermanos. De fondo el tema de los refugiados y las diferencias culturales entre los que vienen de España y los que se quedaron aquí. Si uno dice que esta película no le ha gustado parece que es un insensible y una persona poco comprometida y corre el riesgo de ser tachado de televidente de Intereconomía. Me da igual. Kanimambo es aburrida, sosa, plana, no tiene progresión dramática y lo que cuenta lo podría haber hecho en un corto muy apañado. La presentadora de la sesión calificó la película como una obra bellísima pero lo bello son los paisajes, es decir, el entorno soberbio por exótico pero el relato no lo es.

Y ya lo de Cecilia y Juan es que no tiene nombre. Llegué demasiado pronto a la sala y pude asistir a la rueda de prensa que antecede a las películas de Zonazine (no acabo de entender lo de que las ruedas de prensa sean antes de las películas cuando nadie las ha visto aun y no sabe qué preguntar). Presencié cómo el director nombraba a Antes del Amanecer y otras obras maestras del cine romántico. Que tus referentes sean buenos no hacen automáticamente buena a tu película. Los diálogos llenos de tópicos y los personajes sin empatía ayudan bien poco a aguantar los escasos 75 minutos que dura la cinta. Además, Cecilia y Juan es difícil de ver: la insoportable manía de la cámara al hombro ha llegado a un límite insoportable. Un par de veces tuve que apartar la mirada porque directamente me mareaba. Por no hablar de que la mitad de la película está desenfocada. Y no, no me vale lo del escaso presupuesto.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era “una del espacio”. Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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