Festival de Málaga: Ayer no termina nunca

 

La película Ayer no termina nunca ha inaugurado la decimosexta edición del Festival de Málaga de Cine Español. La directora catalana ha presentado una película sencilla, con y como únicos actores, situada en un futuro nada halagüeño. Ambos interpretan a una ex-pareja que se reencuentra después de cinco años sin verse.

Ayer no termina nunca posee todos los tics propios del cine de : cuidada fotografía y encuadres, mirada poética en el límite de lo cursi y escasa naturalidad en los diálogos. Coixet realiza la primera película de la Generación Instagram. Embriagada por los filtros de la conocida aplicación de fotografía, Coixet parece empeñada en darle a su película un continuo look modernito mezclado con una cámara en mano y su rollito documental. Todo muy bonito y muy artificial.

La historia de la pareja está llena de dolor y sufrimiento y aquí reside el mayor valor de Ayer no termina nunca. Coixet se maneja bien cuando cuenta el pasado doloroso de los personajes de Cámara y Peña. Pero esto son sólo destellos en un cúmulo de frases huecas como si estuvieran escritas por una adolescente en plena edad del pavo. Esta irregularidad distrae demasiado y la combinación de momentos vergonzantes con partes más conseguidas hunden un poco el conjunto.

Tanto Javier Cámara como Candela Peña son dos actores de demostrada calidad y consiguen a duras penas sacar adelante ciertas frases relamidas. Cuando Coixet los libera del yugo de la declamación y confía en la naturalidad de ambos actores Ayer no termina nunca logra alcanzar momentos de emoción. Desgraciadamente son los menos.

Ayer no termina nunca supone un estancamiento en la carrera de Isabel Coixet que en realidad se paró en seco en la maravillosa Mi vida sin mi. Su cine necesita un revulsivo, un cambio, un alejarse de ella misma para volver a ser la cineasta a tener en cuenta que en un momento parecía que iba a llegar a ser.

ayer no termina nunca

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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