El juego de Ender, adaptación sin profundidad

La vida está cargada de frases sabias enunciadas por personajes no siempre tan sabios, es nuestra decisión pasarnos la vida repitiendo esas frases y fascinándonos por lo que en ellas se dice, o ser el protagonista de una de ellas. Una de las más sabias que jamás escuche decir es aquella que rezaba ‘La nostalgia no es lo que era’.

El cine de ciencia ficción en la actualidad me hace añorar, me hace añorar supuestos tiempos mejores, en los que realmente podía sumergirme en historias de una forma completa, casi teniendo la misma sensación de zambullirse en una piscina, donde todos tus sentidos quedan reducidos y solo estas con tu pensamiento. Antes, en ese tiempo que añoro, las historias de ciencia ficción me inspiraban esa sensación, puede que fuera mi edad, puede que fueran las condiciones o dificultades que teníamos en según qué época para conseguir contenidos audiovisuales, pero lo cierto es que la ciencia ficción actual me parece en ocasiones completamente desposeída del alma, pese a contar con buenas historias que narrar.

Si bien la película El Juego de Ender está basada en el primero de los libros de la saga de Orson Scott Card, afamado autor de ciencia ficción, y cuenta con una historia sólida, muy sólida, Gavin Hood comete el error fundamental de las adaptaciones literarias al cine, ese que es inexcusable y que siempre consigue fastidiar una gran historia, ese que no es más que desconocer en qué consisten las bases de una adaptación cinematográfica, y que no deben consistir en trasladar concretamente el libro a la pantalla, porque eso supone un absurdo en sí mismo.

El juego de Ender

Su director y guionista no parece haber comprendido por qué la novela es un éxito de la literatura juvenil, no parece haber entendido qué tramas secundarias son interesantes para el público y cuales son meramente explicativas: explicaciones que en un libro son necesarias, pero que en el medio audiovisual no, pues contamos con el poder de las imágenes y las expresiones. Este director no parece haber comprendido la profundidad del mensaje, pero aun así no se resiste a transmitirnos uno, sin preguntarse cuál es, o si es el mismo del que la gente lleva años hablando y dejando constancia escrita.

La película no merece comentario en lo que a sus aspectos visuales se refiere, hoy en día es algo que deja de tener demasiado merito, sobre todo si no nos cuenta lo que nos debería estar contando y como, de hecho considero un insulto para una película elogiar sus efectos visuales, su composición por ordenador o todo lo referente a espectacularidad en escenarios creados por un señor con un teclado y una paleta digitalizadora. Eso, está dentro del cine, pero jamás será cine por sí solo.

Las interpretaciones son más que cuestionables, solo Harrison Ford, que lleva muchos años en uno de esos estados en los que prácticamente se interpreta a sí mismo, en este caso al tratarse de un cuasi villano nos saca un poco del esquema, o Ben Kingsley, que vuelve a interpretar a un extranjero con acento extraño. El resto de actores, sobre todo los adolescentes, están tibios, pese a que interpreten a adultos en cuerpos adolescentes, son fríos, no reflejan el conjunto de emociones y dilemas morales que la historia plantea, no nos llevan a profundizar en sus personajes, ni en la situación o dilemas en los que se encuentran, es así de simple.

El juego de Ender

En este caso, el director consigue transformar una historia, una gran historia, en algo que no llega ni a película entretenida, con tintes de un trascendentalismo al que solo se asoma, y un ritmo cinematográfico inexistente. Pretende tocar demasiados aspectos de la historia original, sin profundizar lo suficiente en ninguno, perdiéndose en otros que no eran necesario por una cuestión de lenguaje, y dejando totalmente de lado otros, como el papel del hermano de Ender en la tierra, que si la saga continúa deberá ser explicado, porque esa es otra, se trata de una película auto conclusa, pero basada en la primera parte de una saga.

Si alguien está leyendo esto, debe sentir la misma repugnancia que siento yo al basar una crítica de cine en la novela en la que se basa su guión, pero cuando la obra cinematográfica no es más que una charada confusa, donde cuesta entender el desarrollo y casi se podría decir que para entender ese éxito, es difícil no aludir a ello. El cine debe ser algo tan separado de la literatura, que esta no debe constituir el manual de instrucciones para poder apreciar una obra audiovisual, y de eso, por fortuna, tenemos grandes ejemplos; yo, si tengo que citar el mío, diría El nombre de la Rosa, tu puedes mencionar el tuyo en los comentarios.

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