Don Jon, moralista comedia sexual

 

No es que tuviese unas esperanzas demasiado elevadas en Don Jon, debut en la dirección de por lo que la palabra decepción no sirve en este caso. Lo que en un principio podría haber sido el lado amable y divertido de Shame termina siendo una historia moralista y previsible impropio de una producción indie.

El cine norteamericano tiene una larga tradición de cine sexual, eminentemente discursivo, que va desde Todo lo que quiso saber sobre el sexo y nunca se atrevió a preguntar a Closer, pasando por Sexo, mentiras y cintas de vídeo. La característica común en todas ellas es considerar el sexo algo cerebral, más hablado que hecho. Pero, sobre todo, algo problemático y causante de mil y un embrollos.

En Don Jon el problema es que el Jon del título es adicto a ver porno y ni siquiera tener a de novia le impide seguir con esta afición. Poco más desarrolla un Joseph Gordon-Levitt más inspirado como actor que en el resto de facetas de guionista y director. En realidad lo poco destacable de Don Jon es el apartado actoral con una Johansson estupenda como choni y como señora algo más comprensiva con las aficiones del chaval italoamericano.

Don Jon

Parece que Don Jon no quiere ser mucho más de lo que realmente es: una pequeña que no va más allá de un personaje algo curioso. Como ocurría con Una proposición indecente, otra muestra de película sexual de fondo reaccionario, la simple pregunta de ¿Qué pasa si tu novia te pilla viendo porno? es estirada mediante mil y una repeticiones sin llegar a plantear ninguna otra reflexión.

El intento de hacer al personaje alguien con un supuesto problema (en ningún momento vemos cómo su aparente adicción le afecta en la vida más allá de la mencionada pregunta) que tiene que acabar aprendiendo una lección acaba hundiendo una película que no quiere llegar a ser demasiado pretenciosa y se queda en demasiado mediocre. Y nuevamente tenemos al sexo como algo con lo que hay que tener cuidado porque aunque parezca divertido es un arma de doble filo de la que no debemos disfrutar demasiado. Al menos si no es con amor, que eso ya es otra cosa.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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