Dancer, el James Dean del ballet

 

Es raro que alguien abandone su sueño cuando lo está viviendo intensamente. Resulta extraño que una estrella como Sergei Polunin, primer bailarín de la Royal Ballet de , deje la champions league de la danza para bailar en una liga menor en Moscú, pero fue así. En 2012 anunciaba que se retiraba de los escenarios londinenses dejando a numerosos seguidores y fans en estado de shock. Solo lo entendieron sus familiares y amistades que conocían de primera mano el estrés y el estado de depresión por el que deambulaba. Había sufrido una dura y penosa vida, siendo bailarín de fama mundial que le había asfixiado hasta dejarle seco. Sus excesos con las drogas y el alcohol además de la intensa vida nocturna a la que había sucumbido, no ayudaron. Este niño malo de ojos verdes con la cara tatuada de como Joker en su cuerpo, había decidido colgar las zapatillas. Ya nadie más disfrutaría en la capital inglesa de sus perfectos saltos y su pasión en un escenario. El mito , el famoso sucesor de Rudolf Nureyev se despedía a lo grande y por sorpresa. El Dancer del director norteamericano recoge con un gusto exquisito declaraciones en primera persona del bailarín, entrevistas con la familia y amigos del mismo, vídeos caseros de sus comienzos en la ciudad ucraniana de Kershon y actuaciones que serán recordadas en el futuro como el señor baile que se marcó en Hawaii coreografiado por su compañero en Londres, David LaChapelle y música de Hozier, la gran canción Take me to church.

Dancer

Para Sergei la familia lo era todo. Desde pequeño, cuando comenzó a interesarse por la gimnasia y más tarde por el baile, siempre intentó que se mantuviera unida. Todos vieron en él un gran potencial y estuvieron de acuerdo en hacer fondo común para que consiguiera convertirse en el orgullo de los Polunin, su abuela en Grecia mandaba dinero para su educación y su padre, desde trabajaba duro para contribuir a este gran sueño. Su madre, lo acompañó a pruebas varias y exámenes que al final dieron su fruto cuando ingresó en la prestigiosa compañía de Londres, siendo el más joven en la historia en debutar allí como primer bailarín.

Dancer es la historia de un bailarín devorado por la fama, un monstruo de los escenarios que caminó por el alambre haciendo equilibrismo hasta que ya no pudo más, algunos dicen que incluso llegó a actuar en una ocasión colocado por cocaína, escándalos que sin embargo no hicieron mella en su popularidad. Su vídeo de Hawaii cuando fue subido tuvo más de diez millones de visitas sirvió de inspiración a una gran multitud de niños que imitaron sus movimientos, futuros y potenciales dancers. En esos momentos ya había conseguido escapar de la soledad que le dominaba lejos de sus divorciados padres, había dado un portazo a los duros entrenamientos y ensayos de la Royal Ballet, huyendo de unas responsabilidades que estaban acabando con él. Había vuelto a sus orígenes, se había reencontrado con su primera maestra, haciendo lo que más le gustaba sin presión alguna. Incluso en Moscú llegó a actuar para aquellos que más le querían, unió por fin a la familia que nunca le había visto bailar porque según él le ponían muy nervioso. Controlaba ahora todo lo que sucedía a su alrededor, dominando sus sentimientos y elementos, poniendo orden en una vida que antes estaba muy loca.

Gracias a Dancer toca deleitarse con sus movimientos, toca disfrutar de un arte que antes casi estaba vedado y que solo podían contemplar solo unos pocos suertudos. Sus exhibiciones, de cinco estrellas, tenían una larga lista de espera. Las entradas a sus espectáculos costaban los dos ojos de una cara porque ver a un ángel elevándose en el aire no podía ser contemplado por cualquiera. Ahora esto ha cambiado, Sergei se hizo terrenal y tras bajar a los infiernos se humanizó hasta límites insospechados. Su magnetismo siguió intacto, su perfecta definición no sufrió desgaste, solo su inmadurez, muy lógica por la edad, recibió los golpes más duros. El niño rebelde había desaparecido, el divismo también ¡Dios salve al nuevo rey y su legado! Su reino ya no conoce límites, ya no es el territorio de unos cuantos elegidos, su obra puede ser contemplada por todos y se agradece. Su verdad tampoco se ha ocultado. Steven Cantor nos ha abierto los ojos a una realidad entendible, unas razones de peso verosímiles. Un documental hecho a medida para los amantes de la danza pero también para los que rara vez se paran a descubrirla. Muchos bellos ochos coreografiados en ochenta y cinco minutos.

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