Cuando todo está perdido, la paciencia es el límite

 

Por un lado la idea de Cuando todo está perdido me parece muy seductora: un hombre naufraga en el mar y tendrá que apañárselas para sobrevivir en solitario. Así, el director y guionista J.C. Chandor se impone una austeridad formal que va desde la ausencia de cualquier referencia externa (no sabemos nada de la vida del protagonista) a una lógica ausencia de diálogos a la que parece que no estamos acostumbrados y que suele provocar grandes espantadas de público. Pero por otro lado todas estas buenas intenciones naufragan (pedazo de chiste) debido a lo irregular de lo que se nos cuenta: apasionante y poético en ciertos momentos y repetitivo y aburrido en otros.

Tiene Cuando todo está perdido unos cuantos ramalazos de gran cine, desesperado, audaz y triste, en su media hora final gracias sobre todo a un Robert Reford que nos transmite esa humanidad que no hemos visto en la primera hora de metraje. Antes, hemos presenciado esa pequeña odisea de ver en primer lugar cómo se empieza a hundir el barco y cómo se termina en una pequeña barcaza: hay poco reseñable en esta larga primera hora que simplemente nos detalla el proceso de ir sobreviviendo sin más trascendencia ni interés.

Cuando todo está perdido

Siempre es un placer presenciar el rostro ajado por los años de Robert Reford y en Cuando todo está perdido lo vemos todo el tiempo. Otra cosa es que su personaje o interpretación sea reseñable. Tal y como mencionaba antes sólo hay un par de momentos fugaces que alcancen la excelencia, el resto de la interpretación consiste en la comprensible cara de preocupación porque tu barco se hunde que prácticamente cualquier actor con suficiente profesionalidad podría haber logrado sin mayor esfuerzo. Así, a pesar del encomiable esfuerzo, Redford no traspasa la pantalla de forma que veamos nada memorable.

Podría haber sido Cuando todo está perdido una película más radical y experimental (prescindiendo de música y siendo más arriesgada en lo visual), o más convencional y obvia (introduciendo una voz en off o plantando flashbacks), pero se queda a medio camino entre las dos opciones. Pasamos del aburrimiento y el desinterés de la mayoría de los momentos, al despertar en tres o cuatro secuencias que apuntan lo que Cuando todo está perdido podría haber sido y no es. De todos modos, si sois de los que disfrutaron con Naufrago, 127 horas o La vida de Pi aquí tenéis una nueva vuelta de tuerca al tema del hombre solo frente a la naturaleza. Lo mismo os convence, aunque haya que echarle mucha paciencia al tema.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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