Festival de Málaga: Amor en su punto

 

Festival de Málaga
La romántica: ese subgénero donde parece que con poner a una chica mona y un muchacho desastre enamorándose y peleándose un par de veces ya lo tenemos todo hecho.

La comedia gastronómica: ese subgénero donde la cocina y la comida funcionan como metáforas según le convenga al guionista de turno. El chef, la receta de la felicidad es uno de los últimos ejemplos, pero seguro que a la cabeza se os vienen más.

Amor en su punto se enmarca en el subsubgénero, tan de moda últimamente, de la comedia romántica gastronómica. Ellos se quieren, cocinan juntos, se pelean, se tiran comida por encima… Aquí la chica encantadora y monísima es Leonor Watling. El chico desastre y con miedo al compromiso es el irlandés Richard Coyle. Porque sí, él tiene miedo al compromiso a pesar de estar muy enamorado de ella.

Amor en su punto es una tópica y típica comedia romántica como las que nos encontramos todas las semanas en la cartelera, simplemente que esta vez es española aunque esté hablase en inglés y situada en Irlanda. El sentimiento de déjà vu continuo es quizás el menor de los males de la película de Teresa de Pelegrí y Dominic Harari. Su falta de ritmo, la escasa gracia de sus y lo alargado de muchas escenas tumban a Amor en su punto hacia la indiferencia a pesar de que seas seguidor del género.

Amor en su punto

Tanto Leonor Watling como Richard Coyle cumplen con su función de bonitas perchas para unos personajes excesivamente esquemáticos y llenos de lugares comunes, pero no consiguen hacer remontar la película que llega a sus 87 minutos a duras penas y con el ánimo del espectador ya cansado. Una lástima proviniendo de unos guionistas que ya nos dejaron la magnífica Inconscientes, también protagonizada por Leonor Watling.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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