Un día animado con Bird, Folman y Plympton

 

FancinePor desgracia aun vivimos en un mundo donde la está considerada algo poco más que para niños y para señores adultos con complejo de Peter Pan. Y no hablo de sólo de producciones para todos los públicos de estas en las que se dice que los mayores también podrán pasarlo bien, sino de que la animación no ha pegado aun un salto hacia un público que pueda ir al cine sin necesidad de buscar al niño como excusa. Pero, sobre todo, me refiero a la escasez de autores que planteen la animación como algo que no sea simplemente una cosa de niños acompañados por adultos. En ese sentido parece que sólo la cultura japonesa ha conseguido superar la barrera de la edad a la hora de mirar al cine de animación como un género más no exclusivo de los niños.

El gigante de hierro se enmarca perfectamente en la corriente que mencionaba de cine animado de calidad para todos los públicos. En 1999 aun no estábamos habituados a los caminos de excelencia de Pixar, productora en la que terminaría recalando Brad Bird, el director de esta película. Combinando magistralmente animación tradicional con nuevas tecnologías en una historia ambientada en los años 50, Bird proponía una historia que, aunque recordase algo a El Extraterrestre, suponía un bello maridaje del cine de ciencia ficción de la época y del cine infantil con sensibilidad, que no sensiblero.

El gigante de hierro

En cuanto a The Congress poco puedo añadir a lo que ya comentó Davis en su crítica durante el . Es cierto que la parte animada de la película se hace un poco cuesta arriba, pero un servidor cayó en el embrujo que propone Ari Folman y su, en ciertos momentos pretencioso, caudal de ideas con trasfondo filosófico. The Congress es una apuesta arriesgada que no llegará al gran público por su exigencia formal, sobre todo en su segunda parte animada que rompe la película en dos y sacará de la sala a numerosos espectadores.

Pero si hablamos de radicalidad en el mundo de la animación el nombre de Bill Plympton debe aparecer forzosamente. Con su nueva película Cheatin’ el director norteamericano vuelve a incidir en su mundo surrealista pero a la vez cercano y en las relaciones de pareja, el gran tema de toda su obra. En Cheatin’ Plympton no se mueve un ápice de su cine caótico, certero y de desbordante imaginación. La falta de diálogos obliga a una atención extrema al componente audiovisual, algo minusvalorado en este mundo de imágenes rápidas y sobreexplicaciones. Pero es necesario que existan artistas como Plympton, insobornables francotiradores que se toman la animación como una parcela más del arte cinematográfico, confiando y sacrificando a sus espectadores en búsqueda de nuevos caminos. Si nunca habéis experimentado una película de Plympton no sabría deciros por donde empezar, aunque quizás optaría por Me casé con un extraño. Mirad el trailer de Cheatin’ y a ver si os atrevéis.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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