Taxi Teherán, la vida de una sociedad

 

El cine de Jafar Panahi siempre ha estudiado las posibilidades de confluencia entre los relatos de ficción y la realidad que se esconde tras ellos, ya sea por el uso de actores no profesionales, eminentemente niñas, o por romper explícitamente el pacto de ficción con el espectador, como ocurría en El espejo. En esta ocasión el propio director iraní se pone frente a la cámara, haciendo frente a la prohibición de hacer cine que pesa sobre él por parte del gobierno de Irán.

En Taxi Teherán, Panahi se hace pasar por un taxista profesional que va recogiendo pasajeros y charlando con ellos. La primera particularidad que notamos es que en Irán los taxis llevan a múltiples clientes a la vez, lo que provoca conversaciones que en otros entornos no se producirían. La película es un continuo bajar y subir de personas, cada una de ellas con una historia que conocemos fugazmente, desde un herido en accidente de bicicleta a un traficante de ’s pasando por unas señoras con una pecera. Todos ellos forman un crisol de estados de ánimo que no hacen más que tomar el pulso de una sociedad tan compleja, para nosotros simples occidentales, como es la de Irán.

Taxi Teherán

El protagonismo de Panahi y la contundente naturalidad de todos los personajes nos hace tener la idiota pero muy humana duda de si lo que estamos viendo es un o existe una construcción dramática. Solo vemos lo que las cámaras ocultas del taxi muestran y, como mucho, lo que su móvil y la cámara de su sobrina llegan a alcanzar, pero sin salir del habitáculo del coche. Con estos pocos elementos, el director se las apaña para sacar a relucir temas como la situación de la mujer en Irán, la censura en todos los niveles, la educación y, en general, el sentir de un pueblo que no tiene absolutamente nada que ver con muchas de las cosas que vemos de vez en cuando en los telediarios.

Lejos del realismo sórdido del que fue acusado hace 20 años cuando el gobierno de Irán le prohibió hacer películas, Taxi Teherán expresa, con muchísimo sentido del humor y ternura, el fondo trágico y cruel que se vive en una ciudad como Teherán. Una película de visión obligatoria en nuestra actual raquítica cartelera que pareciendo pequeña es toda una lección de lo que el cine puede ofrecer en las sabias manos de un maestro.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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