Festival de Sitges 2018: SUSPIRIA de Luca Guadagnino

 

Suspiria ha sido la película elegida este año para dar comienzo a la edición número 51 del Festival de Sitges. Una película que desde el día en que se presentó en Venecia ha generado una gran polémica a su alrededor. Raro sería lo contrario, ya que la propia decisión de escoger uno de los iconos más importantes del giallo, del género de terror y del cine de autor en general para manipularla al gusto y realizar una versión personal no es tan solo atrevida sino que podría considerarse incluso innecesaria. Innecesaria porque la idea de remake de Suspiria suscita inmediatamente una gran cantidad de preguntas. ¿Qué problemas tiene la película original? ¿Qué cosas le han faltado por explicar? ¿Cuál es la necesidad de repetir una película que ya es única tanto a nivel narrativo como formal? Estas preguntas son las que como publico obligamos a que Luca Guadagnino (que todos recordamos por su Call me by your name) nos responda a través de su particular experimento. Tampoco deberíamos ser tan injustos con el pobre Luca. Cualquier película que sea objeto de remake debería suscitarnos las mismas preguntas. Pero la losa que arrastraba detrás este proyecto, el hacer justicia a una película de por sí increíble, prometía ser su problema de base. Y lamentablemente así lo ha sido.

Dicho esto el Suspiria de Guadadigno es una película que tiene todos los ingredientes para ser una de las mejores películas del último año. El problema es que le sobran ingredientes. Desde a la propia película a la que remite, tramas que no acaban de cuajar o un ritmo narrativo bastante irregular. Aun así el experimento Suspiria es muy interesante. Si alguien esperaba encontrarse una película de terror, que se olvide, es una película más cercana a la perversión psicológica, a los ritos, a la brujería y a lo fantástico. Ingredientes que ya estaban en su sucesora pero que aquí se ven muy potenciados.

Suspiria arranca de forma similar al original, una estudiante estadounidense de danza (Dakota Johnson) llega a una de las mejores escuelas de Berlín, en pleno conflicto entre el lado oriental y occidental. Rápidamente cae en gracia de una de las profesoras más importantes de la academia (Tilda Swinton) que decide otorgarle el papel de protagonista en la obra principal que están ensayando. Poco a poco el vínculo entre profesora y alumna irá aumentando a la vez que suceden varias extrañas desapariciones de otras alumnas. A diferencia del film de Argento la trama de brujería de la película se descubre al espectador desde el principio. Algo muy interesante porque el punto de vista cambia y órbita constantemente entre el de la protagonista, los tejemanejes que las profesoras brujas van construyendo y los descubrimientos que otra de las alumnas (Mia Goth) va realizando. Sin embargo hay tramas que no funcionan en absoluto y cargan de un peso innecesario la película. Hablo sobre todo de la trama política centrada en la herencia del nazismo y el conflicto entre Berlín oriental y occidental. Distrayendo la atención de los acontecimientos realmente interesantes que ocurren dentro del academia. Podríamos hablar de otros aspectos que no acaban de funcionar, como la banda sonora de Thom Yorke, pero también merece la pena recalcar aquellos que si lo hacen. Especialmente la actuación de las actrices, donde la relación entre Dakota y Tilda llega a un punto parecido al de Ullman y Andersson en Persona, o el montaje de la pieza, que se sirve de un ritmo interno, unos contrastes y unos encadenamientos de secuencias francamente espectaculares.

Quizás lo que más rabia da de Suspiria no es todos los problemas que podamos encontrar o no comparándola con el giallo original. Probablemente sean ideas y conceptos muy interesantes que quedan apuntados (el deseo femenino, la perversión humana, la manipulación, el desdoblamiento) pero que no acaban de dinamitar. O bien porque quedan enterrados entre otros temas menos necesarios, o bien porque se ven cortados por un final cuyo barroquismo y fuerza (formal y narrativa) los anula.

Carlos Murcia

A los 14 años descubrí mi pasión por el séptimo arte. Desde entonces nadie ha conseguido despegarme de la gran pantalla. Apasionado no solamente del cine sino también de las series de televisión, los mediometrajes, los cortometrajes, los documentales o cualquier tipo de representación audiovisual. Fiel devoto de Lars von Trier, admirador del cine japonés y de los grandes directores clásicos y de la modernidad. En definitiva, amante del cine como fuente de sabiduría con la que aprender y crecer como persona.

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