En el sótano, la inabarcable libertad humana

 

Los sótanos siempre han sido fuente de misterios en el cine, la mayoría de ellos terroríficos: desde las legendarias Amityville en los 70 y Posesión infernal en los 80, a la reciente Expediente Warren el sótano representa todo aquello que queremos ocultar ante la mirada curiosa del otro. Incluso la realidad nos ha golpeado con tragedias en sótanos como la protagonizada por el austriaco Josef Fritzl. Y desde Austria, como queriéndonos decir que esto de los sótanos es habitual por allí, llega a la cartelera En el sótano de .
En el sótano

El director austriaco, conocido por en España por su Trilogía Paraiso, mete su cámara en los sótanos de varios personajes que bien merecería cada uno de ellos una sola película: una pareja sadomasoquista, otra que practica rituales de dominación, una banda de música fanática del nazismo, una señora que trata a sus muñecos como si fuesen sus hijos o unos aficionados a la caza, que dentro de lo recargado de la decoración son los más normales.
Obviamente, el concepto de normalidad es una de las ideas que Seidl nos pretende lanzar como un escupitajo y con la poco sutileza que le caracteriza. A pesar de una cámara inerte y completamente distanciada, la sensación de invasión de la intimidad que tenemos en todo momento logra que esto que para nosotros son aberraciones acabe adquiriendo tintes de normalidad. Porque está claro que lo normal termina siendo algo subjetivo.
En el sótano

En el sótano nos abre la mente a la concepción de que hay una infinidad de mundos y vidas posibles y que muchas de ellas intentan ser felices de las formas más absurdas que podamos imaginar. Absurdas para nosotros, claro. Porque para los protagonistas del de Seidl todo es cotidiano. Así es la libertad del ser humano, un conjunto de posibilidades tan misterioso como inabarcable. Larga vida a los sótanos y sus infinitas posibilidades.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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