Roman J. Israel, Esq., un hombre a un maletín pegado

 

Uno jamás puede escapar de sus principios, puede dejarse tentar por algo tan material como el dinero o corromperse hasta llegar a no reconocerse a si mismo pero rectificar es de sabios o de abogados como este Roman J. Israel, interpretado por Denzel Washington. No importa entonces vivir en un humilde apartamento con ruidos de obras nocturnas que además de molestar van en contra de la normativa municipal, tampoco que su sacrificado trabajo no te de para salir a cenar por ahí ni invitar a salir a una mujer por la que te sientes atraido. ¿Qué lleva este abogado en el maletín que le acompaña al juzgado? Ese es el gran misterio que finalmente se le da solución, tras caer aparentemente en malas manos en esta Roman J. Israel, Esq. que aprovechará la semana que viene los tres días de la Fiesta del cine.

Roman J. Israel

La vieja escuela y la mentalidad más antigua, valiente y revolucionaria pero poco realista dados los tiempos que corren, se concentran en la figura de este hombre que va a haber peligrar sus creencias más radicales. Ya predije que el bombardeo de referencias visuales y de pensamiento de los ochenta iba a ser constante. Es bonito y nostálgico recordar los cascos que llevábamos en los ochenta para escuchar música, usar el ordenador solo en muy contadas ocasiones y no depender las 24 horas del día del movil de última generación con sus docenas de modernas aplicaciones.

Las apariencias engañán, aquí Dan Gilroy, el director de la magnífica Nightcrawler, vuelve a llevarnos a las calles para mostrarnos lo que se cuece por las noches en una gran ciudad, volvemos a sentir la inseguridad de un barrio en el que el robo y la violencia con o sin intimidación nos abre los ojos a una realidad muy bestia y totalmente injusta. Este abogado, como el Kevin Lomax de Pactar con el diablo, firma un contrato que lo vincula con un infernal y famoso bufete que para nada sigue sus mismos ideales, con unos empleados sin escrúpulos que solo se mueven por el interés personal y no como salvadores de la comunidad o caballeros sin espada que ayudan al prójimo sin esperar nada a cambio. Eso es lo que impresiona a Maya, eso es lo que le hace ser diferente a Roman, lo que le distingue del emperifollado y chulesco George o le ayuda a tomar la mejor y más justa de las decisiones aunque ello suponga su fin inmediato. Cuando el brillo del lujo baja de intensidad, cuando los tesoros robados por Ali Babá se devuelven a la cueva o cuando el cabello vuelve a ser libre y no está sujeto a pegajosa gomina que lo aplasta y moldea es cuando todo está en orden y la paz armada parece que ha llegado para quedarse. 

Roman J. Israel

Necesitariamos más abogados como este que es capaz de poner en jaque al sistema judicial y penal de Los Ángeles, más bestias sobre el asfalto que patearan las calles de día o de noche patrullando y velando por los derechos de los más necesitados. Pueden equivocarse y tropezar más de una vez con la misma piedra o con rocas diferentes pero sabemos con seguridad que hay un buen fondo y que este emergerá en el momento adecuado.

Los tres actos con los que cuenta Roman J. Israel, Esq. varían sensiblemente en su ritmo, mientras que el primero con presentaciones varias y carta de vinos, alguno más picado que otro ¡verdad Colin Farrell! vuela e impresiona a partes iguales, el segundo se queda algo rezagado ¡y eso que tras el Festival de Toronto decidieron darle brio reduciendo el metraje! La liebre que se convierte en tortuga finalmente es de nuevo un veloz mamífero que se siente amenazado tanto por alocados adolescentes que no saben de qué va la vaina como por matones contratados que te persiguen armados hasta los dientes. Son instantes de suspense máximo que suben el tono al melodrama que empapa cada uno de los 130 minutos a los que les sobran todavía unos cuantos aunque se decoren con puestas de sol impresionantes o paseos con música de fondo con mensaje que perfila a cada uno de los personajes, montados en el dolar o subidos a un autobús de linea.

Me cuesta sacarle defectos a Roman J. Israel, Esq., un film con tan buen corazón que además cuenta con un gran actor como Denzel Washington que nunca está nada mal pero es que la sinceridad es un valor que en esta película se cuestiona y por ello no puedo saltármela a la torera. No es suspendible pero baja nivel con respecto al anterior trabajo de Gilroy y eso es lo que me apena porque nombres y mimbres hay pero esos minutos desaprovechados son demasiado relajantes y pueden sacarte de la historia o hacer que los aproveches para visitar los servicios del cine y estoy totalmente convencido que para nada esa era su intención. 

GuardarGuardar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *