Reina y patria, la vida de Bill

 

Para un servidor, siempre será el director de Excalibur, una película descubierta en mi incipiente adolescencia y que me mostró que había una forma fantasmagórica e irreal de contar una leyenda (quizás esta sea la única manera). Boorman vivió su momento de gloria entre los 60 y los 80 cuando junto a grandes de estrellas de la época como Lee Marvin, Jon Voight y Burt Reynolds realizó las sobresalientes Infierno en el pacífico, A quemarropa y Deliverance, y aquella rareza llamada Zardoz, que muchos recordaréis por el infame atuendo que lucía Sean Connery. En 1987, Boorman afrontó su proyecto más personal, prácticamente autobiográfico, con Esperanza y gloria, película que narraba la historia de cómo el pequeño Bill vivía junto a su familia los bombardeos de Londres durante la Segunda Guerra Mundial.

Reina y Patria

Casi 30 años después Reina y patria recupera la historia de Bill, ahora con 19 años y en plena guerra fría. La película recoge su tiempo de formación en el ejercito mientras ve como muchos de sus compañeros se dirigen hacia la Guerra de Corea, una contienda que el propio Bill considera absurda e innecesaria. Además Bill descubre el desamor, el valor de la amistad y todas esas cosas que eran tan importantes en el cine de antes. Porque Reina y patria pretende ser lo que normalmente se denomina con desdén una película clásica. Así, Boorman navega entre el y la con pasmosa facilidad simplemente queriéndonos contar una historia de iniciación a la vida adulta, es decir, su vida.

Pero es en las palabras de su título donde Reina y patria pone el foco, más allá de la perenne mirada de Bill. Cómo se enfrentan los diferentes personajes a la proclamación de Isabel II y cuál debe ser el concepto de servicio a la patria son los ejes sobre los que la película de Boorman asienta su discurso, dejando ver todas las posturas en un tiempo de cambio que seguro no fue fácil. Como ninguno lo es.

Reina y Patria

Reina y patria es una más que agradable muestra de cine de otro tiempo que, por casualidades de la distribución, coincide en el día de su estreno con otra muestra igualmente anacrónica, dicho esto sin ninguna maldad.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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