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Play-Doc 2019: «Carelia, internacional con monumento» e «Introduzione all’oscuro»

 

En un mundo que parece interesado por crear producciones homogéneas, la personalidad es una cualidad que siempre es bienvenida. Play-Doc 2019 albergó en su sección a competición a dos autores sudamericanos que se distancian del lugar común como de la peste: el venezolano Andrés Duque y el argentino Gastón Solnicki. 

Duque ha demostrado a lo largo de su ya extensa filmografía su gusto por enseñarnos comportamientos que se alejan de lo que denominamos normal. Ahí están para demostrarlo Ivan Z, tierno retrato del autor de Arrebato en su retiro donostiarra, y Oleg y las raras artes, documental centrado en la figura del estrambótico pianista y compositor ruso Oleg Karavaychuk. Carelia, internacional con monumento nace precisamente de su encuentro con el atípico músico. Según él, Duque era carelio. Espoleado por la curiosidad, el realizador indagó en la cultura de ese pueblo, víctima de los mandatarios rusos desde tiempos de Iván El Terrible  y que sufrió en sus carnes la tiranía comunista. 

El autor de Color perro que huye nos descubre su particular forma de vida a través de una familia de esa etnia que vive en comunión con la naturaleza y practica una suerte de chamanismo libertario. Por otra parte, denuncia el genocio de esta comunidad que realizó Stalin y los esfuerzos de las autoridades rusas, encabezadas por Vladimir Putin, por ocultar los hechos acusando a todos aquellos que quieren que se haga un ejercicio de memoria histórica y se den una adecuada sepultura a los cuerpos  enterrados en fosas colectivas. Sin ninguna duda, la película vuelve a situar a Duque como un cineasta singular, siempre alejado del lugar común, aunque quizá pueda extrañar un tanto que los elementos etnográficos y aquellos propios del documental de denuncia no acaben del todo de ensamblarse bien. 

Igualmente personal y atípica resulta Introduzione all’oscuro, la cinta firmada por  Gaston Solnicki. El cineasta argentino, firmante de SüdenKékszakállú, nos ofrece un particular retrato del fallecido Hans Church, el que fuera director del Festival de Cine de Viena. Nos encontramos ante una visión íntima de un amigo que trata de mostrar la personalidad de un ser querido a través de pequeños detalles, como fragmentos de su correspondencia, la visita de una de sus cafeterías favoritas o a la sastrería donde encargaba los trajes que usaba hasta que se caían de viejos. 

Solnicki evita los trillados testimonios a cámara de aquellos que le conocieron y prefiere centrarse en aspectos de su personalidad mientras nos enseña el particular proceso de rodaje de este curioso tributo. Por momentos, la cinta, que convierte a la capital de Austria en un personaje más, recuerda lejanamente a El tercer hombre, aunque no haya trama de espionaje y nos encontremos en el siglo XXI. No obstante, a pesar de su singularidad, el conjunto resulta un tanto disperso y apenas deja entrever la personalidad del radiografiado. 

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