No habrá paz para los malvados, Urbizu vuelve a lo grande

 

Ya dije hace un tiempo que Urbizu es uno de los cineastas españoles que más valoro. Autor de una carrera irregular y desigual no deja de ser un tipo que sabe lo que se hace y ha sabido encontrar una especie de equilibrio raro en la mal llamada industria del cine español. Ocho años han pasado desde La Vida Mancha, su última película. Un año antes había estrenado La Caja 507. Todo parecía que Urbizu había entrado en racha y se prodigaría más en la pantalla, pero estas cosas raras pasan. Lo dicho, ocho años de silencio.

Enrique Urbizu vuelve con un mazazo en la mesa. Una especie de Aquí estoy yo, hacedme caso de una puta vez. Lo que sí está claro es que No habrá paz para los malvados no es una película digamos comercial. Que nadie espere un Celda 211 o Tesis, ni un policiaco sencillo y limpio. Esto es cine negro sucio, austero, cuesta arriba, sin concesiones ni medias tintas. Puedo entender que muchos espectadores se lleven una impresión de cine lento y aburrido si esperan tiros e intrigas. Estos elementos están ahí pero de una manera muy particular, sin artificios, con sequedad, como un cubata español servido con tres cuartas partes de ron y un chorrito de Coca Cola.

El impactante inicio pone las cartas sobre la mesa bien rápido. A Santos Trinidad, policia borrachuzo y de malas maneras, se la va de las manos un altercado en un puticlub. Aquí comienza una doble búsqueda: la de Santos por deshacer su entuerto y la de una jueza por averiguar qué ha pasado en el burdel. Las dos investigaciones darán sus diferentes frutos, chocarám y se separarán en diferentes momentos revelando uno de los temas de la película: el azar. Porque, aunque lo parezca, aquí los personajes son movidos por un caprichoso destino que les trae de aquí para allá, perdidos en su propia ignorancia y engañados en su absurda seguridad.

Jose Coronado compone un personaje sublime dentro de lo tópico que es el personaje en si. Un perdedor, un equivocado, un paria con el que hay poco que empatizar pero al que ves que la vida tampoco le ha dado muchas oportunidades y es que quizá tampoco las merecía. Nueva lección sabia de Urbizu: sabemos poco de Trinidad pero lo poco que se nos dice de él nos sirve lo justo para conocerlo. No hace falta que nos suelte ningún discursito contándonos lo mal que le ha ido todo, ya nos vamos enterando de detalles y tampoco hace falta que lo sepamos todo con precisión. Coronado se pega más de media película solo, vagando por lupanares, bares de mala muerte e iluminados centros comerciales. Magistral el uso que hace Urbizu de los escenarios midiendo siempre el nivel de sordidez sin pasarse.

Por el otro lado, la investigación de la jueza y el policía bueno quizás peque un poco de innecesariamente enrevesada. Está claro que la fuerza del personaje de Santos Trinidad hace que queramos verlos menos a ellos, es un pequeño peaje que tenemos que pagar. Una leve tara que descompensa el conjunto de la película pero que no llega a herirla del todo.

Por favor, Urbizu, no vuelvas a tardar ocho años en hacer una película. Que directores como tú son muy necesarios en nuestro maltrecho panorama cinematográfico. Y dale todos los papeles que quieras a Coronado que él con lo de los yogures ya tendrá el piso pagado y seguro que no te cobra caro.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era “una del espacio”. Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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  1. 27 septiembre, 2014

    […] de Amantes y La huella del crimen. Ahora Alberto Rodríguez se ha propuesto, con el permiso de Urbizu, aportar su grano de arena con el involuntario díptico que La isla mínima forma ya con su […]

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