Marco Macaco y los primates del Caribe, el poder surrealista de la animación

 

Resulta bastante difícil analizar y valorar una película cuyo target objetivo ronda entre los tres y diez años. ¿La obra debe ser entendida y cuestionada desde la perspectiva de este público concreto, o en cambio merece el mismo estudio que una película corriente? Todos los films están destinados ya sea de forma explícita o implícita a un tipo de espectador. Pero las películas de cuyos mecanismos narrativos, estética, personajes y valores están acotados de una forma tan estricta para complacer al sector de público infantil, provocan dudas a aquellas personas que deben juzgar si esa obra funciona o no. Marco Macaco y los primates del Caribe, película de producción danesa del año 2012 y que llega a nuestras pantallas tres años después, consigue crear una atmosfera lo suficientemente amable, divertida y entretenida para complacer a los más pequeños de la casa. Desde un punto de vista estético, la animación en tres dimensiones de la película está cuidada y encaja con el argumento y las ideas que desprende. Pero narrativamente, Marco Macaco es una película llena de inconexiones y lagunas y construida en torno una gran cantidad de tópicos tanto en la construcción de los personajes como de los conflictos.

Marco Macaco y los primates del Caribe

Cuando el espectador adulto acaba de ver Marco Macaco y los primates del Caribe tiene la sensación de haber visto una película corriente de animación destinada a público infantil. Pero si se pone a reflexionar sobre la película, sobre los personajes y los hechos que constituyen la trama uno se da cuenta de lo delirante que llega a ser. Para entenderlo es mejor resumir los ochenta minutos del film. Marco es un primate policía de playa que vigila por el bienestar del medioambiente y los bañistas. De repente se rencuentra con Lulu, su amor de la infancia que ha vuelto a la isla para convertirse en una gran artista. La calma de la playa se ve interrumpida por la construcción de un casino controlado por un mono con grandes dotes de seducción llamado Carlo. Marco no se fía de las intenciones de Carlo y se siente celoso al ver como contrata a Lulu para que realice actuaciones en el casino. La noche de la inauguración, Marco descubre que el casino es en realidad una especie de robot gigante que pretende destruir al presidente de la isla. El presidente, la máxima figura respetada dentro de la isla, es un dictador que utiliza la fuerza militar para controlar al pueblo pero en cambio es tratado como un héroe al que hay que venerar. Por esa razón Marco intenta avisarle sobre las intenciones de Carlo pero, tratándolo de loco, ordenan arrestarle. Marco huye y acaba en pleno mar abrazado a un tronco y muy triste porque, entre otras cosas, Lulu le ha dicho que no le quiere. Unos piratas raptaran a Marco y al saber que tiene el corazón roto intentan animarle mientras que en la isla Carlo y el robot gigante están causando el caos a la espera de que Marco llegue y los salve a todos.

Marco Macaco y los primates del Caribe

Los disparates concentrados dentro de la película como por ejemplo el dictador venerado o la aparición mágica de los piratas, provocan una reflexión sobre el verdadero poder de la animación. Todas estas incongruencias y hechos sorprendentes quedan totalmente diluidas a través de unos códigos y una estética propia de las películas de público infantil: números musicales, personajes totalmente estereotipados, estética amable, situaciones predecibles…

Queda decir que Marco Macaco y los primates del Caribe no es una buena película. Posiblemente contente y complazca a los más pequeños pero los adultos se dormirán en la sala. Precisamente la película, pese a ser muy disparatada aunque no te des cuenta, sigue forzando los tópicos de las historias infantiles y no consigue darles un vuelco. Aun así, suscita este poder que tiene la animación de jugar con sus propias reglas, de forzar las situaciones y generar un surrealismo desbocado que queda disimulado gracias a sus códigos.

Carlos Murcia

A los 14 años descubrí mi pasión por el séptimo arte. Desde entonces nadie ha conseguido despegarme de la gran pantalla. Apasionado no solamente del cine sino también de las series de televisión, los mediometrajes, los cortometrajes, los documentales o cualquier tipo de representación audiovisual. Fiel devoto de Lars von Trier, admirador del cine japonés y de los grandes directores clásicos y de la modernidad. En definitiva, amante del cine como fuente de sabiduría con la que aprender y crecer como persona.

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