Magia a la luz de la luna, aprendiendo a vivir

 

Vivimos un deseo de excelencia que provoca que siempre estemos buscando decir eso de la mejor película de desde…. Todo ello no quita que algunas películas de los últimos años del director neoyorquino no hayan estado a la altura, y que los críticos y el público no le hayan acompañado. Pero no nos engañemos, esto no es nuevo: Allen sufrió en los 70 el desprecio con Interiores; en los 80 con Recuerdos, September u Otra mujer; en los 90 con Alice, Sombras y nieblas o Celebrity; en los 2000 pasó con Un final made in Hollywood o la muy reivindicable Vicky Cristina Barcelona (recordemos, ganadora del Globo de Oro a la mejor de 2008); y, finalmente, en la década que nos ocupa, han sido Conocerás al hombre de tus sueños o A Roma con amor las que han generado la sensación de que el talento de Allen se estaba secando.

Obviamente el problema es nuestro: en contra de la voluntad del propio director, hemos convertido cada una de sus películas en un evento cinematográfico que queremos que reafirme nuestra pasión por Woody Allen. Por eso cuando no entrega una ya hablamos de un Allen menor al que hay que ponerle dos estrellitas porque no está a la altura de Manhattan o Delitos y faltas. Eso por no recordar los equivocadas que estaban algunas de las críticas, no hablemos del público, vertidas sobre muchas de las películas mencionadas a las que el tiempo ha puesto en su sitio. Y, sí, reconozco haber hecho eso al despachar más de una de las últimas películas del director de forma condescendiente.

Magia a la luz de la luna

Algo parecido me ha parecido detectar con Magia a la luz de la luna, que ha sido despachada como una película a no tener en cuenta. Cuan equivocado están los que han seguido este camino. En primer lugar, Magia a la luz de la luna es puro Allen en cuanto a la historia que presenta: un veterano mago quiere desenmascarar a una joven medium y, en su intento… Mejor lo descubrís vosotros que las sorpresas para eso están. Así, los temas de la película como que solo es real lo que podemos contemplar con los sentidos y que, por tanto, la magia no existe, y que todo en la vida puede ser resuelto de forma racional no son desconocidos para Allen.

El personaje interpretado magníficamente por acoge, de forma autoconscientemente muy divertida, todos los tópicos allenianos de depresión, cinismo y angustia existencial que hemos visto mil veces, y que estaremos encantado de ver mil veces más. Pero además, el actor inglés hace suyo el personaje, rememorando su Mr. Darcy de la serie Orgullo y Prejuicio. Allen, consciente de haber elegido a quien ha elegido, le hace incluso recrear una de las escenas de la mítica serie de la BBC, entrando de nuevo en un juego referencial muy del gusto del director y guionista. Por su parte, Emma Stone, recoge el testigo de Diane Keaton, demostrando, una vez más que es una de las mejores actrices cómicas actuales. Ambos actores desprenden una excelente química y el contraste de la seriedad de él con la desfachatez de ella proporciona grandes momentos.

Magia a la luz de la luna Además, Magia a la luz de la luna propone un viaje a la Provenza francesa que supone todo un deleite para la vista, obra y gracia del superlativo director de fotografía Darius Khondji, que entrega una hermosa y luminosa fotografía de tonos vivos. De este modo, desmontamos también el mito de que Allen ya no cuida el aspecto de sus películas como antes. En cambio, sí es cierto que Magia a la luz de la luna no es una comedia hilarante, ni lo pretende. Su terreno es el de la , de apariencia ligera, pero llena de contenido.

Como ya vimos en nuestro Especial Woody Allen, donde repasamos sus primeras cintas antes de Annie Hall, la comedia disparatada fue la tendencia en los inicios y, no nos engañemos, Allen abandonó ese camino con la película protagonizada por Diane Keaton, decantándose más por la comedia dramática, del que Magia a la luz de la luna es un maravilloso ejemplo, el de un artista hablando, como suele ser, de sí mismo y de como ve la vida. Pero, sobre todo, de como está, a estas alturas, con los 80 que cumplirá este año, aprendiendo a vivir a pesar de que en breve llegará lo inevitable.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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