La camarera Lynn, perversiones normalizadas

 

Por pura cuestión comercial La camarera Lynn ha sido comparada y promocionada como la respuesta alemana a Cincuenta sombras de Grey, como si el público de una y otra fuese remotamente similar. Obviamente las espectadoras de la fantasía yuppie de la película de Sam Taylor-Johnson no encontrarán aquí nada a lo que agarrarse. En cambio, el público que tenga curiosidad por un sutil relato sobre los comportamientos sexuales fuera de la norma, así como un retrato femenino notablemente desarrollado, hallará en la película de Ingo Haeb una muy interesante película.

La camarera del título trabaja en un hotel donde se dedica en sus tiempos muertos a espiar bajo la cama a los clientes que tienen visitas peculiares. Un día contacta con una dominatrix con la que establecerá una relación llena de complicidad y ternura.

La camarera Lynn

Una de las cosas que más llaman la atención, de forma positiva, en La camarera Lynn es la apuesta por un retrato femenino tan profundo que provoca la práctica ausencia de personajes masculinos de relevancia. Las relaciones de Lynn con los hombres no es que sea insatisfactoria, sino que es prácticamente ausente excepto en los primeros compases de la película.

Una vez que Lynn encuentra en la dominatrix a una compañera de confianza, la película va desarrollando un perfil psicológico en la que la atención a los detalles y el respeto por el personaje toman las riendas. Así, la historia de La camarera Lynn, al contrario de la mencionada película protagonizada por Dakota Johnson, da tintes de normalidad, o al menos no condena, las acciones sexuales de sus protagonistas, sin necesidad de cubrirlas de un manto psicoanalítico que las justifique.

La camarera Lynn

Sin duda este acercamiento amable pero sin escatimar momentos de crudeza acaba siendo lo más reseñable de la película de Ingo Haeb que también cuenta con el gran trabajo de Vicky Krieps para redondear una película de lo más interesante.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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