Guardián y verdugo, víctimas de la pena de muerte

 

Aquí tenemos otra película de juicios, esta vez basada en hechos reales ocurridos en Pretoria, Sudáfrica en 1987. Uno de esos casos mediáticos que concentran multitudes dentro y fuera del juzgado y que esperan hasta el final para dar un veredicto. En Guardián y verdugo un maduro abogado defensor tendrá que hacer valer todos sus conocimientos y experiencia para intentar librar de la muerte a un culpable de múltiple asesinato que anteriormente fue guardián y verdugo en la penintenciaría de la ciudad. Steve Coogan es este Jon Weber, firme detractor de la pena de muerte que se enfrenta a la fiscal y a los familiares de las víctimas, un equipo de color deportivo que fue sacado de la carretera y acribillado a tiros en un descampado cuando salieron del minibús donde viajaban. Tratará de convencer al juez y ayudantes de que Leon, el acusado es otra víctima más de un sistema que cuenta con guardianes de prisiones que en el corredor de la muerte se convierten en verdugos de los reos. Atienden, guardan y establecen contactos con ellos y sus familias estableciéndose un vínculo, a veces de amistad que convierte el acto de su muerte en una verdadera experiencia traumática.

Guardián y verdugo

Con Guardián y verdugo, el director Oliver Schmitz ha intentado transmitir las sensaciones de los condenados cuando son llevados al patíbulo, sus sentimientos de rabia, rebeldía, dolor y miedo o las de un inexperto guardia que con diecisiete años comenzó a trabajar allí y dos años después fue testigo y participó en el ahorcamiento de 164 presos acabando desquiciado por este motivo. La fiscal tratará de lo contrario, buscará demostrar que este muchacho es solo un asesino más que disfrutaba con la muerte de estas personas, para nada estaba loco y que llevó al exterior la violencia que él vivía en su centro de trabajo. Leon, con su mutismo y un silencio que puede acabar muy mal para él, se arriesga no solo a perder a su mujer con la que mantiene ahora una relación muy fría, sino también la vida en un breve tiempo.

Después de la exposición de hechos y pruebas, interrogatorios varios, recesos para descansar e interesantes alegatos el veredicto contentará a unos y entristecerá a otros. Antes se echan en falta testigos que aporten datos a tener en cuenta, uno de ellos en silencio y a distancia es un chivato que trata de salvar el puesto y el culo y que está totalmente convencido de que no hay nada que haya hecho mal. Los confidentes y ayudantes de Jon no están por la labor de criticar la política que se lleva practicando en su país y se niegan a enfrentarse a este tipo de castigo que acaba violentamente con el prisionero colgado de una soga. No les importa ni conocen los rituales que se practican allí, cuando se desnudan los cuerpos ya muertos, se limpian los orines que dejan escapar los fallecidos, se introducen los cadáveres en las cajas de pino y se sortea quien va a llevárselos y enterrarlos en un lugar sin nombre, agujeros excavados que serán sus tumbas para siempre.

En el fondo se está haciendo un llamamiento a la barbarie que supuso en Sudáfrica el que no fue abolido hasta comienzos de los años noventa. Blancos y negros separados con leyes desiguales para ambos, tratados de diferente manera y viviendo en un mismo espacio pero con diferentes derechos y deberes, libertades en algún caso cercenadas. Nelson Mandela lucharía contra esta injusticia en el país, convirtiéndose en el paladín de una lucha pacífica contra la desigualdad racial.

Guardián y verdugo

Pocos son los personajes que pasan ante nuestros ojos, tampoco hacen falta muchos más. El judicial está servido solo o acompañado de algunas escenas duras pero que ilustran a las mil maravillas todo el mensaje. Lo más importante es que el público tome conciencia de lo que supone la pena de muerte, de lo cruel que es quitar una vida y de las consecuencias que puede tener en el futuro ser testigos de ello. Jon quiere abrirnos los ojos y que contemplemos la barbarie, su compañero no lo tiene tan claro defendiendo esta sentencia en cuanto tiene ocasión, poniéndose en el lugar de las víctimas que tienen que llorar o cantar a sus muertos asesinados. Dos visiones contrapuestas que trabajan juntas para que alguien vuele libre de su celda.

Guardián y verdugo es uno de esos films que tienen que verse si o más de una vez y que no pueden pasearse solo por festivales como el de Berlín, Shanghai, Sidney o Edimburgo, su crudeza debe ser reconocida por todo tipo de públicos. Muchas opiniones pueden cambiar, a veces el cine sirve para esto también, un fin que se vale de los medios o del séptimo arte.

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