G.I. Joe. La Venganza, la rutina de costumbre

 

Por alguna razón que mi cerebro no acaba de comprender la anterior entrega de G.I. Joe no me pareció tan espantosa como se va diciendo por ahí. G.I. Joe era un espectáculo descerebrado, absurdo y consciente de su naturaleza chorra. Más o menos como le pasaría después a Battleship el público parece no aceptar el sano cachondeo que suponen estas películas y parece preferir la seriedad de propuestas en la línea de Christopher Nolan. Con la intención de hacer una mejor película se afrontó este G.I. Joe. La Venganza contratando al director del documental sobre Justin Bieber que en este blog no dejamos de reivindicar.

G.I. Joe. La Venganza cuenta con el aliciente de fichar a Dwayne Johnson, The Rock, una de las presencias más potentes del cine de actual. Pero en un movimiento de guión totalmente incomprensible el caballero se pega media película sentado en una mesa hablando. A ver, señores de Hollywood, si yo pago la entrada para ver G.I. Joe. La Venganza y ustedes se gastan el dinero en contratar a The Rock no me lo pongan a dar charlitas tácticas. En Hollywood parece que no se enteran que lo que queremos en películas de este tipo es que vayan al grano y que rompan cosas con estilo. Así, en G.I. Joe. La Venganza sólo parecen esforzarse en la escena del acantilado tibetano llegando a un punto en que ni el indudable carisma de su potente reparto formado por Bruce Willis o Jonathan Pryce nos saca del sopor.

Olvidar una película a las pocas horas de haberla visto es el peor síntoma. No digo que G.I. Joe. La Venganza sea una película de la que se pueda hacer una análisis sesudo pero cuesta encontrar puntos a su favor donde agarrarse. El desarrollo rutinario de cierta películas de acción hoy en día hace que en ese momento no nos aburramos demasiado pero no es esta una película que recomendaremos a nadie porque la olvidaremos a los pocos minutos de salir de la sala. Incluso probablemente las más de 300 palabras de este texto sean incluso demasiado.

G.I. Joe. La Venganza

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era “una del espacio”. Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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