Filmadrid: SAYONARA, ciencia ficción arty

 

Relacionaba con acierto Javier H. Estrada, programador de Filmadrid, en la presentación de Sayonara de Kôji Fukada la deuda de esta película con cierto cine de ciencia ficción europeo que tiene a Andréi Tarkovsky como principal referente. No iba desencaminado Estrada con la comparación, a pesar de que la película de Fukada ni de lejos logre alcanzar las cotas del maestro ruso.

sayonara koji fukada

En un Japón apocalíptico, una joven de origen sudafricano convive con un inquietante robot algo desfasado (va en silla de ruedas) mientras intenta entender cómo gestionar un futuro que se presenta a todas luces desolador. La espera a una inminente emigración se hace insoportable mientras las escasas visitas de sus vecinos se suceden entre cortes de electricidad y momentos de soledad.

No cabe duda que los temas en los que se centra Sayonara son de gran actualidad y sus ambiciones existenciales quedan bien claras: la condición de los futuros refugiados, la incomunicación (o las nuevas y futuras posibilidades de comunicación) y, ante todo, el aprendizaje de lo que es ser humano. Así, Fukada pone el foco no solo en el personaje humano sino que nos acerca también al robot que le acompaña y que asiste paciente a todo un proceso de deshumanización donde el androide acabará siendo más humano que los humanos.

En cierto modo, Sayonara podría verse como el reverso arty de películas como Terminator 2 o Ex-Machina, sobre todo atendiendo al tema del robot eterno al que el tiempo y el olvido no le afecta (especial belleza tiene la escena donde la pareja habla sobre los recuerdos y el olvido como herramienta de curación).

sayonara koji fukada

En cambio, Fukada no consigue rematar del todo su película y alarga en demasía todo el tramo final explicitando en demasía el destino del androide. Su ritmo pausado y elíptico acaba en cierto modo agotando, aunque esta coda no desgracie una película más que interesante.

 

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era “una del espacio”. Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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