Festival de Sevilla: Aimer, boire et chanter, la última canción de Resnais

 

Alain Resnais fue siempre un director tremendamente libre. Además, a esta libertad, se le unía una potente imaginación, capaz de llevar a buen puerto casi cualquier idea por descabellada que fuese. En Aimer, boire et chanter, su obra póstuma, vuelve a sorprender pero dejando claro también que nunca dejó de ser él mismo.

Aimer, boire et chanter toma como punto de partida la obra de teatro británica Life of Riley para sumergirse en un encantador juego de equívocos amorosos. La puesta es escena de Resnais ayuda a que la película tenga los mimbres de una ligera, pero que en realidad esconde más de lo que aparenta: cada uno de los hogares simula un escenario teatral con unas cortinas de vivos colores, del mismo modo que el vestuario de los protagonistas. Además, se produce un continuo trasvase entre la obra de teatro que ensayan en ciertos momentos con la realidad vivida por los personajes, lo que añade capas de complejidad y diversión narrativa.

Aimer, boire et chanter

A los actores franceses suele dar gusto oírlos declamar, al contrario de lo que suele pasar con los españoles. La dicción y la cadencia mostradas por los seis protagonistas de Aimer, boire et chanter son música para los oídos, aunque uno no sepa demasiado francés. El gusto por la palabra es otro de los puntos a favor de una película que quizás tenga un humor demasiado particular como para llegar a públicos más reticentes. Pero sin duda lo más divertido es la continua referencia al personaje de George Riley del que nada sabemos si no es por los que lo conocen y al final es el motor de toda la historia.

No deja de ser cómico, y algo macabro, para que negarlo, el plano con el que Resnais cierra su testamento cinematográfico. Unas películas que siempre buscaron expandir los límites del lenguaje del cine hacia nuevas cotas, pero sin olvidar que esto también puede ser un juego divertido. Que pensar, ser original y experimentar no debe estar reñido con pasar un buen rato.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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