El lado bueno de las cosas, buenrollismo en tiempos revueltos

 

Si echamos la vista atrás podemos darnos cuenta que el hombre actual en el cine no es ni la sombra de lo que era. Esto claramente es un reflejo de la realidad que vivimos. Y es que pensar en un protagonista depresivo porque su mujer le ha puesto los cuernos no es precisamente el ideal de hombre que el cine clásico nos ha inculcado.

Esto no es ni bueno ni malo, ya digo que no es más que un reflejo de los tiempos en los que vivimos donde las enfermedades mentales están desgraciadamente a la orden del día y donde cada uno lleva su vida y sus problemas de la mejor manera que puede o sabe. Y es en estos problemas de cada uno donde El lado bueno de las cosas se centra.

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La sinopsis, simplificada al máximo, nos cuenta la típica historia de chico conoce chica, pero en este caso el chico ha salido de una institución mental y la chica tiene serios problemas para relacionarse.

La radiografía de la actualidad que hace El lado bueno de las cosas es más que realista. El que haya tenido la desgracia de conocer la depresión, el TOC y otros derivados de primera mano sabe lo bien que son representados en la película y quizás el único fallo para mi gusto es pecar de buenrollista.

Bien es cierto que el tono de la película pretende ser así y en ningún caso mostrarnos la típica película deprimente de Fernando León, pero cierto es que pierde realismo cuando nos damos cuenta de que todo va cuesta arriba, que hay pocos baches en la historia.

Los personajes principales están realmente bien y hay que hacer una mención especial para y que demuestran de una vez que son algo más que una cara bonita. Sin embargo no termino de ver la nominación al Oscar por parte de Jacki Weaver ya que su personaje es bastante contenido.

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Por lo demás una película más que correcta, digna de las nominaciones que se ha llevado a los premios de La Academia, aunque no le auguro una victoria aplastante. Solo el tiempo dirá que ocurre.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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