El invisible Harvey, la felicidad individual

 

En ocasiones mi padre me decía que en los años de censura había que ser mucho más hábil para poder contar según qué cosas, y apostillaba que había que ser incluso más hábil para pillar los mensajes. No le faltaba razón, y en numerosas películas los mensajes están tan diluidos que apenas eran apreciables, aunque el paso de los años, y las numerosas explicaciones de los supuestos expertos en cine allanaron el camino.

El invisible Harvey, es un ejemplo claro de cómo se componía una película con mensaje, una película o una obra de teatro, pues en esto años el traslado de obras de uno a otro medio era algo más que habitual. El invisible Harvey comprende todo lo que se puede esperar de una película de su época, sobre todo en lo que a ocultar a censores cosas evidentes se refiere, pero además constituye una brillante comedia de enredo que ayuda a disimular su profundidad.

La faceta cómica dirigida por Harry Koster, gran creador de obras musicales y de numerosas comedias, no deja de causar la sensación de saber a poco, de que podría ser más, o sencillamente que no es una mala consumición, pero no es la que recordaremos el resto de nuestras vidas.

La película se recuerda por si sola, por su planteamiento, un magnifico James Stewart interpretando a descarnado y encantador alcohólico que muestra con indolencia su adicción, así como su amistad con un enorme conejo blanco, que le habla, conversa, y adopta un papel relevante, rodeado de un elenco de actrices  magnifico, tanto que a Josephine Hull le sirvió para hacerse con el Oscar a la mejor interpretación secundaria, repitiendo el papel que había encarnado en Broadway.

El invisible Harvey

La película pudo ser mucho más, y desconozco la razón de por qué no lo fue, pero lo que si tengo claro, es que la película es mucho, y ese mucho con mayúsculas y en negrita, no mereciendo consideración la enumeración de aquello que la película no es, pues es un canto a la libertad individual, esa libertad que nos permite encontrar la felicidad propia y ajena, desatándose de las ataduras sociales o culturales, sin cánones o tópicos, El invisible Harvey es un canto alegre a que si uno encuentra esa felicidad propia, puede transmitirla a los demás.

Habilidosamente la película juega al despiste, llevando incluso al espectador a creer que ciertos personajes que no pueden existir, existen, confundiendo toda esa defensa de la interpretación individual de la realidad con la dipsomanía más extrema, causando estragos en lo que puede ser o no dañino de esas decisiones individuales, de cómo afectan a los que nos rodean, o de cómo estos se afectan a sí mismos al no aceptar las decisiones ajenas.

Una maravillosa película que no necesita de mucho más para hacernos reír, pensar, y disfrutar, aunque posiblemente todos esos matices pasaran inadvertidos escondidos tras el enorme conejo blanco, como en tantas referencias de la literatura, como en tantas obras cinematográficas. Yo personalmente veo mucho de esta película en Donnie Darko, pero sin duda es una mera apreciación personal, como todo lo que escribo.

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