El amor menos pensado, las incertidumbres de los 50

 

Un Darín nuevamente en estado de gracia y, si no a su misma altura al menos brillando con luz propia, Mercedes Morán configuran la pareja protagonista de El amor menos pensado, una estimable comedia dramática. De entrada, el debutante tras la cámara pero avezado productor de Patagonik, Juan Vera, arriesga al plantear un filme sobre el tema más manido de toda la Historia del Cine: el amor y las relaciones de pareja. Salir a flote de la variante enésima sobre un matrimonio en sus horas bajas, conseguir una comedia honesta e inteligente, nada impostada es —a estas alturas— tarea de titanes del celuloide.

El amor menos pensado

El punto de partida de este preciso (El) amor menos pensado es la salida del hogar familiar del hijo único que marcha a estudiar fuera del país. Ana y Marcos, una pareja de clase media, culta y divertida, se ve lastimada por esa ausencia: una parte importante del objetivo de sus vidas, como es la crianza de los hijos, ha dejado de tener sentido. La espera de diez o más años hasta tener nietos que reencanten sus vidas les parece excesiva. Viene a continuación una crisis blanda, desdramatizada, sin causas evidentes, donde la ausencia del hijo se suma a las incertidumbres de los 50, cuando todo ya está hecho y no hay cimas que escalar ni surgen proyectos nuevos. La pareja constata que la pasión ha desaparecido de sus vidas y llega al diagnóstico tremendo de que ya no se ama. Tremendo porque Marcos y Ana no se preguntan qué significa amarse cuando ha desaparecido el enamoramiento y la pasión se sirve fría.

La vida ulterior de cada uno es un dar tumbos en búsquedas de no se sabe qué. Es decir, puros palos de ciego que, afortunadamente, les llevan al amor menos pensado. En paralelo tiene lugar la conflictiva separación de Claudia y Luis cuando se averigua que éste tiene una amante desde hace tiempo; una foto de instagram con Luis feliz en una tirolina resulta más delatora de la infidelidad que si fuera sorprendido en la cama… como muy bien diagnostica Marcos. Y también está la historia de la madre de Ana, que a sus 80 años se ha enamorado como si fuera una adolescente, pero mejor, porque ya no tiene urgencias…

A pesar de sus dos horas y pico, El amor menos pensado funciona bien porque construye personajes sólidos. No sólo la pareja protagonista, en quien nos reconocemos el sector del público a quien va dirigida y que ya hemos cumplido los cincuenta. Tienen mucha fuerza y convicción el pintor, el exótico dependiente de la tienda de perfumes, la freak Andrea Politti, la pareja amiga, la cantante callejera, el padre que ayuda a Marcos a pensar su crisis… en fin, todo un universo consistente y creíble que se presenta con el tono agridulce más apropiado para la comedia dramática, el género mayor del Cine con mayúsculas.

El curtido cineasta lima bien los diálogos, con ese punto de redichos y repensados que tienen, por ejemplo, los de Woody Allen, y su misma capacidad para bosquejar estados emocionales, prejuicios ideológicos, manías, limitaciones personales o deseos ocultos. Como en el gran Cine. Hay momentos divertidos, posee el encanto de las complicidades de pareja, a ratos resulta mordaz; diríase que el devenir narrativo con situaciones y tonos muy diversos adquiere el espesor de un ensayo sobre la pareja (o sea, lo que filmaría un Bergman porteño, si me permite el lector la broma). No es El amor menos pensado una obra contundente ni redonda —cada espectador elegirá dónde ve debilidades— pero se sale del cine con la gratificación de que detrás de la historia había algo sustantivo que decir, aunque ese algo no resulte muy novedoso.

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