Es de noche, la luna ilumina un cielo plagado de nubes, dos hombres se preparan para cazar patos pero no los vemos, solo les escuchamos mientras admiramos la preciosa noche. Lo que comentan estos dos personajes, pertenecientes a un pueblo cerca del Delta del Ebro, es lo cansados que están de que les estén grabando todo el día, no entienden que tienen de interesantes sus vidas y se limitan a pensar que el realizador del documental solo les graba para después vender las imágenes. Esta secuencia, la más intrigante, divertida e interesante de El tramo final, resume dos conceptos clave del cine documental que a menudo no tenemos en cuenta o desconsideramos. Por un lado nos hace reflexionar, como comentó el realizador Óscar Pérez en un coloquio tras la proyección, sobre aquellos momentos en el que documentalista aparece reflejado en su obra.

El tramo final

Una de las artes más importantes de los realizadores de documentales es su capacidad de camuflaje, de esconderse, de pasar desapercibido con el objetivo de realizar un film fidedigno, claro y libre de manipulación. Por otro lado esta misma escena nos hace reflexionar sobre donde están los límites de la realidad en los documentales. El audio de los cazadores fue capturado con una grabadora y se montó sobre un video de la luna grabado posteriormente. Esto nos hace reflexionar hasta qué punto la ficción está implicada en los documentales.

La estructura de El tramo final es simple pero muy efectiva. Con la intención de retratar la vida en un pequeño pueblo del Delta del Ebro el documental se divide en cuatro capítulos en el que los protagonistas son la crisis y la comida. Dos elementos muy paradójicos y a simple vista incompatibles pero que encajan perfectamente. La comida, símbolo de tradición, de buen vivir y en definitivas cuentas de vida, es el arma que utiliza la gente de este pueblo para sobrevivir y sobrellevar las penas económicas. Pese a ser un retrato coral el espectador fácilmente se identifica o empatiza con los personajes. El tramo final es un pequeño relato al que, pese a sus sesenta minutos, le sobra tiempo para emocionar, divertir y sorprender al espectador.