Cartas a María, reconstruyendo el olvido

 

La como fuente de conocimiento del pasado y, por supuesto, el presente supone el eje fundamental del Cartas a María de . A través del rastro que dejó su abuelo Pedro cuando se exilió a Francia y abandonó a su familia, Cartas a María pretende dar algo de luz a una historia llena de agujeros negros perdidos en la memoria. Además, el propio hijo de Pedro comienza a padecer Alzheimer con lo que sus recuerdos también comienzan a desvanecerse.

Cartas a María

Mediante el seguimiento de las cartas que Pedro fue enviando a su mujer, María, el documental de García Ribot hace hincapié en como la memoria construye unas realidades que en muchas ocasiones están más vivas que la propia realidad. Lo poco que sabemos de las peripecias de Pedro se revisten en muchas ocasiones de una épica y fantasía que no acertamos a saber si es una reconstrucción idealizada o unos hechos del todo cierto.

Uno de los grandes aciertos de Cartas a María es incidir en todo eso que no se puede decir, bien porque es muy doloroso o bien porque directamente es desconocido: nuestras ansias por saber chocan en muchas ocasiones con muros infranqueables ante los que no tenemos más remedio que plegarnos. García Ribot encuentra numerosos callejones sin salida en la historia de su abuelo Pedro, sin más solución que fantasear con lo que pudo ser.

Cartas a María

El doloroso tránsito histórico que va del 37 al 44, visto a través de los ojos de García Ribot y su abuelo Pedro, pone de manifiesto la cantidad de pequeñas aventuras e historias que dio este periodo. Pero también saca a la luz la cantidad de incógnitas que cubren los relatos de estas personas que sufrieron dos guerras que aun resuenan en la memoria de nuestros antepasados y que debemos reconstruir para que no caigan en el olvido.

CARTAS A MARÍA SE PROYECTA EN CINETECA MADRID HASTA EL 1 DE NOVIEMBRE

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era “una del espacio”. Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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