Atlantida Film Fest: COLO / SARAH PLAYS A WEREWOLF / EUROPA, jóvenes desorientados

El festival online Atlantida Film Fest, que se celebrará hasta el 25 de julio dentro de la plataforma Filmin, ofrece un recorrido por diversas películas que muestran el estado de ánimo de la juventud europea. Tres muestras muy diferentes son las que ofrecen la portuguesa Colo de Teresa Villaverde, la suiza Sarah Plays a Werewolf de Katharina Wyss y la española Europa de Miguel Ángel Pérez Blanco.

Colo (Teresa Villaverde, 2017)

Portugal sigue siendo ese gran país de Europa del que sabemos más a través de su cine que por lo que nos cuentan en las noticias. Más allá de saber que ha sido una de las regiones más afectadas por la crisis mundial de la última década y de su proceso de intervención por parte de las autoridades europeas, pocas veces hemos visto cómo está depresión ha afectado a sus ciudadanos. La veterana directora Teresa Villaverde nos acerca en Colo al proceso de descomposición de una familia de tres miembros: la madre ausente debido a sus dobles turnos que aún así son insuficientes; el padre en paro, derrotado e incapaz de salir del punto en el que se encuentra estancado; y la hija desorientada que ve como el hundimiento de sus progenitores no le ayuda a encontrar el rumbo en su paso a la edad adulta.

Colo de Teresa Villaverde

En Colo Teresa Villaverde plantea el hogar familiar no como punto de encuentro sino como lugar de distanciamiento. Cada miembro en su estancia crea una burbuja a la que impide entrar el resto. Tal y como comentó Villaverde en la pasada edición del SEFF donde presentó su película, “en Portugal la crisis se ha vivido de puertas para adentro”. Este recogimiento convierte ese lugar que es el hogar en un pequeño infierno claustrofóbico, un pozo sin fondo en el que en vez de encontrar consuelo solo se halla la desesperanza.

Villaverde crea una continua tensión que nunca acaba de explotar y en la que sus exhaustivos 133 minutos colaboran en propiciar un retrato que puede llegar a agotar pero que ofrece un retrato de un país tan cercano y a la vez tan alejado.


Sarah plays a werewolf (Katharina Wyss, 2017)

La directora suiza Katharina Wyss debuta con Sarah Plays a Werewolf, otra de las cintas que salta desde el SEFF al Atlántida Film Fest, y que plantea otro punto de vista sobre la juventud europea. Sarah es una sensible adolescente aficionada al teatro que en principio poca queja debería tener sobre su entorno. Conforme la cámara de Wyss se va acercando al mundo de Sarah veremos qué esa apariencia no es tal.

Sarah Plays a Werewolf

La extrema sensibilidad de Sarah le lleva a no entender el mundo que le rodea y despreciar la mediocridad de sus compañeros de adolescencia. Haciendo referencia al título, la protagonista se ve a sí misma como un monstruo, un hombre lobo que provoca el rechazo general y que no hace más que aumentar su desafección. Un padre culto y refinado, un cordero con piel de lobo en realidad, y una madre pasiva y anulada en poco contribuyen al desasosiego existencial de Sarah.

Sarah Plays a Werewolf muestra un mundo donde el arte como fuente de conocimiento personal parece ser la única salida y a la vez un callejón sin salida. La belleza del arte frente a la fealdad del mundo plantea una balanza de difícil equilibro. La claustrofóbica puesta en escena de Wyss centrada en planos detalle atentos a lo que en principio no deberíamos ver ayuda a comprender un estado de ánimo que quizás se vea lastrado por algunas decisiones narrativas (la relación de Sarah con su padre) que bordeen algún que otro lugar común.


Europa (Miguel Ángel Pérez Blanco, 2017)

Desde un punto de vista más abstracto y conceptual, Europa, de Miguel Ángel Pérez Blanco, es otra visión de una juventud europea desorientada más allá de lo económico. Un túnel que nos devuelve a las postrimerías siglo XX provocará una multiplicidad de identidades en una pareja que no volverá a ser la misma.

Al disfrutar Europa resulta inevitable pensar en el director Philippe Grandieux, no solo porque uno de los actores habituales del director francés protagonice la cinta de Pérez Blanco, en esa eterna lucha entra la luz y la oscuridad que, como no podía ser menos, nos remite también a David Lynch. Los personajes de Europa se enfrentan consigo mismos en un espacio onírico donde lo narrativo poco tiene que aportar más allá de un armazón que sustente los 65 minutos de la obra.

Que el componente narrativo sea superfluo no quiere decir que Europa no cuente nada: los jóvenes europeos que muestra la película están también a la deriva (un factor común de los personajes de las tres películas que reseñamos aquí) a la espera de entrar en una fiesta del fin del mundo que sabemos que está ambientada en 1999 pero que bien podría remitirnos a la pregunta final de Cooper a Palmer en el retorno de Twin Peaks. Tal vez la crisis no sea un estado transitorio sino un bucle que estamos condenados a repetir una y otra vez. Quizás esto no sea 1999.

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